El sistema electoral y las recetas clásicas

Nuestro sistema electoral, o compendio de sistemas electorales para el Congreso, es cuanto menos original. Lo primero que llama nuestra atención es su juventud, que choca con el asentamiento de la mayoría de sistemas electorales de nuestros conciudadanos europeos. Por otro lado la magnitud de las circunscripciones y los mecanismos de asignación de diputados ha venido provocando notorios desequilibrios entre los distintos distritos electorales, beneficiando a las provincias con menos población. El pequeño tamaño de los distritos sería en mayor grado el culpable de la desproporcionalidad de nuestro modelo (Lijphart, 2000).  Su originalidad radica en que pese a que hablemos de un sistema de representación proporcional posee unos efectos claramente desproporcionales, situándose en una zona fronteriza. Esto ha provocado que muchos politólogos hablen directamente de sistema mayoritario atenuado.

Los efectos mecánicos de nuestro modelo, consistentes básicamente en una sobrerrepresentación de los dos principales partidos, han fomentado a su vez unos efectos psicológicos que podemos resumir en el voto estratégico o útil (Montero 1997). Consciente o inconscientemente, nuestros ciudadanos tenderían a votar a uno de los partidos con mayor número de votos buscando así no desperdiciar su voto. Los grandes perdedores en el torneo no serían otros que los pequeños partidos, a los que el sistema perjudica directamente, y a  los que el ciudadano ignora. En este marco no es de extrañar que estos argumenten en contra de un sistema electoral injusto y planteen reformas electorales concretas.

UPyD e IU han estado muy cerca en estas reivindicaciones, pero siempre solos. No fue hasta la llegada del 15-M cuando la opinión pública tomó consciencia sobre el asunto. Este movimiento, capaz de acercar la política a la ciudadanía, consiguió llenar de entusiasmo a un importante porcentaje de la población española y llevar al debate y a los “mass-media” asuntos tan relevantes como este. Parecía que por primera vez “los perdedores” no estaban solos.

El grado de influencia de “los indignados” ha conseguido materializarse en plataformas concretas como la PAH, en gigantescas mareas ciudadanas, e incluso en nuevas formaciones políticas. El partido con el que más se ha relacionado al 15-M ha sido Podemos. IU, pese a engrosar las manifestaciones anónimamente desde su inicio, no ha sido capaz de transformar la indignación en voto. Cayo Lara llegaría a ser vapuleado en un desahucio allá por junio del 2011. Hoy, Alberto Garzón parece ser visto con mejores ojos, aunque el auge del fenómeno Pablo Iglesias ha provocado un efecto eclipse sobre este.

Lo cierto es que resulta peligroso hablar del 15-M como un único fenómeno. La ausencia de líderes, la heterogeneidad y su rechazo a los cauces de participación convencionales son aspectos a tener en cuenta a la hora de realizar un análisis. El 15-M son todos y no es nadie. Es por esto que resulta peligroso hablar de “herederos”, más aun cuando los principales aspirantes a tal designio o ventura sí tienen líderes, y además muy mediáticos. Pese a esto, Pablo Iglesias de forma más o menos directa se ha relacionado a sí mismo y a su partido con este movimiento, estableciéndose de algún modo como su heredero. Monedero ha sido aún más claro y ha definido su partido como la politización de los argumentos del 15-M.

Muchos podrían pensar que si Podemos es el resultado del 15-M habrá hecho suyas la totalidad de sus demandas, y con ellas la anteriormente referida crítica al sistema electoral español, pero esto no ha sido del todo así. Podemos ha llegado a la política española para ganar, y como el propio Iglesias reconocía en Vistalegre durante la celebración de la asamblea fundacional de Podemos: “El cielo no se toma por consenso, sino por asalto”. Esto, quienes hayan leído un poco al maestro, sabrán que evoca a un concepto con el que Karl Marx describía las aspiraciones de los insurrectos en la Commune de Paris.

¿Cómo explicamos que Podemos comparta con el 15-M su crítica al bipartidismo, a la corrupción, a la financiación de los partidos, al desempleo o a las medias de tipo financiero y no hable en absoluto de reforma del sistema electoral? Muy sencillo, Podemos aspira a la mayoría absoluta, y pasado cierto radio, pudiendo llegar a convertirte en uno de los partidos más votados, las formaciones políticas pequeñas te importan poco, y el consenso te importa más bien nada. Resulta que para reformar el sistema electoral necesitas integrarte dentro de las llamadas mayorías, pero cuando consigues estar en “la cúspide” resulta difícil legislar en tu contra. Dada la situación esto se convierte en un problema de principios.

Antonio Gramsci hablaba de hegemonía cultural, y Nicolás Maquiavelo de alcanzar conservar y mantener el Poder. SYRIZA no parece que vaya a cambiar la ley electoral en Grecia para (como prometió) aumentar la proporcionalidad del parlamento. Podemos, de llegar al poder, tampoco lo hará.

No seré yo quien juzgue las decisiones políticas estratégicas de cada partido. La política es un juego de poderes tan sumamente complicado que resulta en ocasiones impredecible y que per se lleva inserta cierta dosis de fariseísmo. Sin embargo, como ciudadano, me gustaría ver agrupaciones políticas nuevas (o tradicionales) que se comportan de un modo distinto, lejos de la vieja política y cumpliendo al máximo con los estándares que a gritos pide el actual contexto. La suma de participación y consenso se traduce a mi juicio en una mejora de la calidad democrática. Ganará el que otorgue un mayor grado de decisión a la ciudadanía. Hablo de herramientas y capacidades, de desarrollo y de confianza. Para recetas clásicas siempre estamos a tiempo. No sea que el actuar como “otros” se vuelva contra ti mismo.

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One Response

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  1. Toni Yagüe
    Dic 06, 2015 - 05:47 PM

    Básicamente de acuerdo en todo, pero yo matizaría que el “efecto” de la falta de proporcionalidad del sistema electoral español, es decir, un “defecto democrático”, se produce a nivel de circunscripción, y no en el global, por lo que que partidos minoritarios pero con el voto muy concentrado también se benefician de ello, como sucede con los partidos llamados nacionalistas (¿es que no lo son PP, PSOE, C’s, UPyD,… al reivindicar la unidad indisoluble de la nación?) o simplemente regionales.

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