El populismo conceptual

Existe un término que ha ganado gran notoriedad dentro de la política en estos tiempos convulsos, dicho término hace referencia al “populismo”.

Una catalogación que ha adquirido un componente peyorativo del cual todos buscan alejarse dentro del terreno político, utilizado de forma intencional para desvalorizar opciones políticas por parte de las clases dominantes. Ciñéndonos al ámbito político español y a la conceptualización que realizan estas élites e intelectuales orgánicos en España, pocos son los partidos políticos que quedarían fuera de la etiqueta “populistas”. Existen ciertos rasgos que pueden vislumbrarse de lo que se entiende por populismo desde las élites en España:

  1. Es transversal, ni de izquierdas ni de derechas.
  2. Se produce una división entre lo que se considera “pueblo” y lo que no.
  3. Propone soluciones simples a problemas complejos.

Dicha definición, no está ni mucho menos aceptada por la comunidad académica, una conceptualización resultado de una banalización y simplificación del populismo, que ha reducido su significado a un término arrojadizo entre partidos. Se refleja, por tanto, una lógica de utilización impregnada de discurso hegemónico, definiendo el populismo a través de sus contenidos secundarios, excluyendo así la trascendencia de conceptos centrales como la búsqueda de mayor participación popular, las reformas sobre inclusión social de sectores excluidos así como la remoralización de la vida pública. Algo que ha conseguido anular completamente la perspectiva crítica del populismo omitiendo sus factores positivos. El problema de la conceptualización en España es aplicar definiciones ad-hoc al concepto para utilizar estrategias intencionadas, por ejemplo, de búsqueda de apoyos en campañas electorales, diferenciación de fuerzas políticas o simplemente como estigmatización de opciones políticas.

El populismo como concepto no tiene una definición exacta y consensuada por la comunidad académica. Dentro del marco teórico de Panizza, desde los sectores economicistas se utiliza el término para asociar populistas con medidas económicas irresponsables, que suelen ser medidas contrarias al hilo neoliberal, es decir sería populista aquel que quisiera aumentar la intervención del estado en la economía, algo que ha calado en el sentido común. A partir de una perspectiva historicista, se distinguiría como aquellos líderes históricos latinoamericanos de los 50-70 (Perón, Vargas).  En las Ciencias políticas, tampoco hay acuerdo, pero en algunos casos se asocia a connotaciones negativas autoritarias. La perspectiva que se seguirá en el presente artículo es la que teoriza Laclau, donde busca conceptualizar sin juicio de valor, es decir, no es algo bueno ni malo sino una forma de hacer política.

Una aproximación interesante es la que realiza Laclau del populismo como contraposición al institucionalismo. Hay que advertir que esto es únicamente una parte, para mayor precisión es imprescindible la lectura de Laclau en La razón populista (2005). Para Laclau, la comunidad política no es algo natural sino que es algo que se construye, así el populismo ayuda a moldearla explicitando conflictos existentes en la sociedad buscando un cambio en los valores compartidos para reorganizar la sociedad de forma más inclusiva. Esto es precisamente lo contrario del institucionalismo que intenta negar cualquier diferencia, haciendo prevalecer una desmovilización política relativa a un orden establecido, negando cualquier posibilidad de promover progreso en la comunidad política, porque ya se presupone establecido.

El populismo busca esa constitución de una comunidad política a través de un antagonismo y la creación de un nosotros-ellos que explicite de forma clara aquellos conflictos de poder e inclusión. El mayor problema del populismo es la definición del “pueblo” ya que este no es algo que se encuentre conformado sino que se crea, para ello se ha de pasar por una fase de cambio de mentalidad y desaprendizaje para reidentificarse con una concepción de pueblo más amplia que englobe nuevos valores. Algo que sin duda choca con el status-quo dominante, encontrando importantes resistencias al cambio. Es decir, desde esta perspectiva sintomática, se define el populismo sobre aquellos elementos compartidos entre todos ellos, aquellos procesos que buscan el establecimiento del pueblo como actor político relevante. Los elementos compartidos, según Panizza, son 3 fundamentalmente: discurso contrario al status-quo, antagonismo (Nosotros-Ellos), asumir la política como conflicto y explicitar dicho conflicto (Oprimidos-Opresores, Élite-Pueblo, etc).

Es fundamental entender que, aunque el populismo entienda la política como conflicto, si es que existe de otro tipo, busca la conformación de un orden que posea una mayor justicia social reidentificando al pueblo con dichos valores. El problema puede devenir en una excesiva idealización de dicha forma de hacer política que degenere en demagogia. También fundamental diferenciar entre populismo y demagogia, que en un sentido aristotélico, sería la degeneración de la democracia que consistiría en adular al pueblo y recurrir a estados de ánimos. Mientras que el populismo buscaría una mayor consistencia en sus propuestas, explicitar conflictos y establecer un nuevo orden societario. Es cierto, que en el sentido común se ha instaurado la idea de que ambos van de la mano, y esto es quizás porque muchos de los denominados populismos han utilizado la demagogia como práctica, pero es algo que no tiene porque actuar simultáneamente.

En conclusión, la idea de populismo parte de un fracaso de las instituciones políticas y sociales existentes, por la incapacidad de absorber las demandas de la población por parte del sistema institucional, intentando establecer un nuevo sentido en la sociedad que actualice el contrato social. Dentro de ello existe el peligro de que esta forma de hacer política se idealice en exceso y provoque una degeneración de la democracia en forma de fascismo, autoritarismo, etc.

Foto portada/latinta.com

Por Rafa García, sociólogo y politólogo.

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