El futuro es un país extraño

El título de este breve artículo lo tomo prestado del gran libro (de obligada lectura) llamado de la misma forma, cuyo autor es el longevo historiador catalán Josep Fontana. Como nota aclaratoria, el cometido del siguiente artículo no será el de analizar el libro en cuestión aunque algunas de las reflexiones que plasmaré se han inspirado en la lectura del mismo.

El objetivo principal que persigo es la realización de un pequeño esbozo de hacia dónde caminamos, de cuál es el rumbo marcado (si lo hay). Quizá no se trate de una pretensión muy ambiciosa, y no voy a jugar a ser oráculo o augur queriendo anticipar grandes acontecimientos como el mismísimo Nostradamus. Mis metas son mucho más humildes, simplemente señalar algunas de las incógnitas que ya están hoy sobre la mesa y otras que seguro cabe plantearse.

Una nota distintiva de nuestros días es la velocidad, el acortamiento del espacio-tiempo, la afluencia masiva de contenidos e informaciones ayudados por el desarrollo desbordante de las TIC. Cómo bien señalaba ayer en su artículo el compañero Rafa García, este torrente de datos e informaciones suponen “[…] una estrategia de simpleza y rapidez comunicativa donde cada día existen nuevas informaciones (incluso sin contrastar) para que no exista un tiempo de asimilación y de reflexión crítica […]”.

Atendiendo a esto que señalaba ayer el compañero, podemos entender que todavía hoy, siete años después del comienzo de todo este desastre mal llamado crisis, “curiosamente” se sigue utilizando este concepto para describir un fenómeno que ha arrasado con los proyectos, ilusiones e incluso vidas de muchas personas (jóvenes y mayores) a la largo de este tortuoso trayecto. Además el uso que se le ha dado al término crisis es del todo perverso. Ha sido revestido con un barniz de transitoriedad, creando la falsa ilusión de que todo este vía crucis era necesario para volver a la situación de partida.

A estas alturas del partido, todos (ojalá fuésemos todos) nos hemos cerciorado de que todo el desmantelamiento del Estado del Bienestar tiene vocación de irreversibilidad, para ello ha sido diseñado e implementado. Estos hachazos se han sustentado en varias falacias: la idea de riesgo, concepto muy trabajado por el sociólogo alemán Ulrich Beck. Esta idea infunde el miedo necesario para llevar a cabo el cambio de paradigma que se persigue, que no es otro que el de la individualización de los éxitos y los fracasos (personales, económicos, laborales) y el repliegue cada vez mayor de la iniciativa estatal como garante o propiciador del bienestar y la seguridad; otra idea fuerza que ha “legitimado” todo este sacrilegio ha sido el famoso “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y, por tanto, jodidos despilfarradores, olvidaos de tener becas, de independizarse y postmodernidades de esa índole. Esa parece que es la lógica.

Por eso, parece que a corto y medio plazo las esperanzas son poco halagüeñas. Porque en el actual contexto globalizado parece que no podemos esperar mucho, al menos en el caso de España, de las siguientes elecciones, sea cual sea el resultado.

Para ello, debería haber entre otras muchas cosas, un fuerte liderazgo político para abordar los temas más trascendentales con los que poder comenzar a construir un futuro sobre bases más o menos sólidas. ¿O alguien cree que con políticos que ningunean la memoria histórica, que no acuden a debates electorales (pero sí a comentar el fútbol), o no conceden entrevistas con periodistas duras por miedo al descalabro vamos a algún sitio?

Son mucho los temas sobre los que deberíamos estar ya reflexionando y trabajando para el futuro inmediato, que de no solucionarse pueden devenir en una conflictividad social que hasta la fecha no hemos tenido en nuestro país. Cuando digo futuro inmediato me refiero a pasado mañana, a aquí y ahora.

Porque, ¿qué van a hacer los miles de hogares que dependen de la pensión de los abuelos cuando éstos, por simple lógica vital, empiecen a morir? ¿qué piso van a comprar o alquilar los jóvenes que cobran 400 o 500 € al mes? ¿qué familias y de cuántos miembros van a formarse sin estabilidad laboral? ¿qué vamos a hacer con un creciente paro agravado por la automatización de los procesos? ¿seguiremos poniendo impuestos al Sol y consolidando la dependencia energética?

Como vemos, muchos son los interrogantes y pocas las respuestas nítidas y esperanzadoras que se nos proyectan. Pero no sólo son estas las preguntas. Convendría conocer también qué rumbo pretenden seguir las potencias europeas con respecto a política de acogida de los refugiados, en standby desde un principio y fuera de la agenda desde los atentados yihadistas en París. No podemos permitir que la política del miedo polarice nuestras sociedades y suspenda, en pos de la seguridad, nuestros derechos más fundamentales y que, a su vez, se fomente un rechazo hacia el “diferente” que huye de la barbarie de sus lugares de origen. No podemos hacerle ese juego a la extrema derecha que tanto lo ansía.

Pero es complicado que la mesura, la reflexión y la cordura imperen en un mundo veloz que recuerda a aquello que decía Quevedo en su poema ‘Ah de la vida…’:

“Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es cansado.”

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