El feminismo como nueva bandera

  • La crisis de identidades nacionales que sufre España y el éxito rotundo de la movilización feminista del 8 de marzo ofrecen una oportunidad interesante para el progresismo en términos de construcción de una nueva identidad social basada en la defensa de los derechos fundamentales.
  • El ‘‘patriotismo de la gente’’ simbolizado en luchas como el feminismo, las personas pensionistas o la juventud precaria puede ser mucho más efectivo que el de las banderas, de cara a lograr una mayoría social identificada en torno a ciertos patrones comunes.

La valoración que debe hacerse de la jornada de movilización del pasado 8 de marzo puede resumirse en una única palabra: éxito. Éxito por haber logrado que cientos de miles de personas salieran a la calle a reclamar igualdad de género real y también por haber conseguido introducir en la agenda pública el cáncer social que supone el machismo estructural. Una movilización política que emerge de la sociedad civil, desbordando, así, las estructuras de acción típicas de los sindicatos. Y que, además, ha conseguido algo insólito en el período democrático de baja intensidad de Mariano Rajoy: que el propio gobierno de España y el partido que lo sostiene reconozcan su error de diagnóstico y se vean obligados a admitir el éxito de la movilización.

En el ámbito progresista, comparto la valoración que el compañero Raúl Soriano realizaba hace unos días en esta misma web, calificando de ‘‘punto de inflexión’’ la jornada del 8M. A espera de observar los cambios o compromisos concretos en que cristaliza la movilización ciudadana, me atrevo a apuntar a esta fecha simbólica como el momento en que las mujeres consiguieron re-apropiarse de la palabra ‘‘feminismo’’ definitivamente. De manera similar a cómo la comunidad afroamericana consiguió reapropiarse del término ‘‘nigger’’ o la comunidad LGTBI del ‘‘marica’’, las mujeres que han sido históricamente tachadas de ‘‘feministas’’ con claro ánimo despectivo, han logrado conquistar esta palabra dotándola de una fuerza transformadora que deja desarmados a todos aquellos ataques machistas. Y de esto también deberían aprender aquellas fuerzas progresistas que, en la búsqueda de una supuesta estrategia de transversalidad de sus políticas, dudaron en algún momento sobre si utilizar la palabra ‘‘feminismo’’, dejándola, en ese caso, en manos de aquellos que aborrecen de la igualdad de género.

Pero, más allá de las consecuencias que la movilización del 8M en España pueda tener sobre la lucha histórica por la igualdad de género, el éxito del movimiento feminista, junto con la lucha social de otros sectores de la ciudadanía, supone una oportunidad de oro para superar el problema por antonomasia del país-Estado-territorio que habitamos: la crisis de identidades nacionales.

Un hecho llamativo de esta jornada de movilización tuvo lugar durante la manifestación en la ciudad de Madrid, en la que se desplegó en la fachada de un edificio una bandera rojigualda de grandes dimensiones con el lema escrito: ‘‘Viva España feminista’’. Esta bandera ha suscitado la aprobación y el rechazo de muchas personas que formaban parte de esta movilización, reflejando, una vez más, la inoperatividad de las banderas para construir una identidad común en España.

Bandera de España (Viva España Feminista)

Que España tiene un problema de identidad parece que no pueda dudarlo nadie. Entre sus causas, el politólogo Juan Linz ya afirmó en 1973 que España se había construido como Estado pero había fracasado en su intento de construir una nación.[1] Y así parece evidenciar el hecho de que una parte relevante del territorio español haya ya desconectado totalmente de la idea de España, mientras que el último barómetro del CIS muestre un aumento de 2,4 puntos en la ciudadanía partidaria de un único gobierno central sin autonomías. Las banderas se erigen como trincheras emocionales de unos y otros que suponen la división social y política de las clases populares y medias.

Y en este contexto, propongo recuperar la idea propugnada por la vicepresidenta de la Generalitat valenciana, Mónica Oltra, de reivindicar el ‘‘patriotismo de la gente’’ frente al de las banderas. El progresismo político debe ya aceptar como fracasada la lucha por la simbología y las banderas y aceptar la realidad tal y como se nos presenta. En este caso, hemos sido testigos de que quien es capaz de (re)unir a cientos de miles de personas y conseguir una mayoría social incontestable por una causa es el feminismo y no los trozos de tela de uno u otro color. Y no sólo el feminismo está siendo capaz de crear hegemonía, también la lucha de las personas pensionistas y la juventud precaria. Son la ciudadanía que José María Lasalle denominó ‘‘el proletariado emocional’’ (Contra el populismo, Debate), los perdedores y perdedoras de una manera injusta de administrar los costes de la recesión y el crecimiento. Todas estas luchas que tienen en común el cuestionamiento del statu quo, la defensa de la igualdad (de género, social o intergeneracional) y que pueden significar la llegada de una nueva fuerza transformadora en el panorama político en España.

Y es sobre estas luchas por la defensa de derechos fundamentales sobre las cuales debería erigirse una nueva identidad colectiva, que ayude a apartar las banderas y a centrar su atención en las personas. Un patriotismo de la gente basado en la defensa de los derechos humanos como elemento identitario común.

[1] Linz, J.J. (1973): “Early state building and late peripheral nationalism against the state: the case of Spain“. Eisentadt, S.N. y  Rokkan, S.  Building States and Nations, Vol. II,  Sage, Beverly Hills.

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