El background del TTIP

Cuando hablamos del TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) tenemos que tener claro que las negociaciones se inician hace relativamente poco, concretamente a partir de junio del 2013. Sin embargo, podemos afirmar que se trata de una modificación del antes nombrado AMI, paralizado gracias a las protestas mundiales que tuvieron lugar a finales de los años 90. El AMI a grandes rasgos pretendía otorgar a las empresas de mayores derechos (y menos deberes) cuando realizaran sus intervenciones en el extranjero. El contexto no era el más propicio. La crisis económica ha servido para llevar a cabo políticas que en otras circunstancias no habrían podido implementarse y al mismo tiempo ha servido para dar luz a algunos de los verdaderos objetivos de la Unión, o si se quiere de su mayoría gobernante. Ahora sí, con escusas, parece que nos encontramos ante el mejor contexto para la aprobación de este “reformulado” acuerdo.

El TTIP es un tratado que negocian EEUU y la UE que busca el aumento de la inversión y el comercio entre ambos actores. Este se materializará en un verdadero mercado transatlántico. Busca una mayor compatibilidad entre los reglamentos que imperan a los dos lados del atlántico, que sirva demás como pauta mundial para el resto de actores globales. El tratado tendrá el grado de tratado internacional con lo que todos los países firmantes deberán adaptar sus legislaciones a este.

Como indica Julio González García en uno de sus artículos para Agenda Pública, el TTIP supondría la privatización de la justicia, en tanto todas las discrepancias sobre las inversiones exteriores se someterían a procedimientos arbitrales privados.

Algo que llama la atención es el secretismo y la opacidad con la que se están realizando las negociaciones, totalmente al margen de la opinión pública. Esto ilustra por una parte la importancia del acuerdo (en positivo o negativo) pero también los posibles efectos (negativos) hacia los ciudadanos. No se entiende de otra forma que en un contexto de creciente demanda de información y transparencia, nuestros gobernantes opten por dar la espalda a sus ciudadanos y firmen acuerdos sin su consentimiento. Dentro de estas, el peso de las multinacionales y los lobbys es enorme. La UE abrió una serie de consultas a la sociedad civil sobre aspectos importantes del tratado. Según Luis Rico “El 92% de las reuniones han sido con los lobbys de las multinacionales”. La balanza se inclina claramente hacia un lado en que no me siento en absoluto representado. Supongo que la mayoría de ciudadanos tampoco. El contenido ideológico del tratado es claro, y juega en sintonía con todas las medidas de carácter neoliberal que se vienen dando, por lo menos en los últimos años, en el seno de la Unión. La destrucción de las barreras al libre cambio es el principal objetivo. Es prácticamente imposible insertaste en el mercado global sin aceptar las reglas de gobernanza que se están creando. Una vez aprobado será prácticamente imposible discutirlo.

Como en todo, hay defensores y detractores. Los que defienden el tratado argumentan que el libre comercio sería beneficioso para el crecimiento económico y que permitiría crear empleo. No establecerían una distinción entre EEUU y UE en tanto ambos resultarían ganadores del proceso. La apertura a nuevos mercados incrementaría su cuota de mercado, aumentaría las inversiones y mejorará la competitividad. Bajo este ideario todos ganan, incluso las pequeñas y medianas empresas. Los datos sin embargo no son muy claros, y la poca transparencia del proceso nos impide dar cifras verdaderamente fiables.

El tipo arancelario medio del comercio entre los dos lados del atlántico  ya es realmente bajo. No parece que este suponga una gran barrera para el comercio. Lo verdaderamente molesto para estas empresas son aquellas medidas propias de la seguridad alimentaria, ecológica, medioambiental e incluso los derechos laborales que dificultan su grado de actuación; su margen de acceso.

El asunto del TTIP me preocupa enormemente. Cuando lo escuché por primera vez de la mano de Ignacio Ramonet en un sensacional artículo publicado en Le Monde Diplomatique titulado ¡Peligro! Acuerdo Transatlántico me recordó al NAFTA, cuyos efectos conocemos de sobra. Poco podemos hacer para impedirlo. De hecho, nuestra mayoría en el congreso tumbó el pasado 5 de mayo la iniciativa de Izquierda Plural que instaba a rechazar el tratado y solicitaba el sometimiento a referéndum. PP, PSOE, UPyD y CiU se opondrían a la propuesta. Lo cierto es que la última palabra la tienen nuestros europarlamentatios, y en estos tengo cada vez menor confianza.

De un tiempo a esta parte se viene hablando mucho de debilitamiento del Estado. Autores críticos como Jorge Verstrynge trazarían un recorrido más o menos claro que se iniciaría con la mundialización financiera, de capitales, de las empresas y de sus estrategias, que supondría una especie de guerra de todos contra todos, basada en la competitividad, y que conduciría irremediablemente un mundo sin protección. La desregulación económica no sería en este marco más que parte de esta estrategia. La democracia en si estaría en peligro.

Este último análisis podría ser ampliable a la UE, una UE sin proyecto que daría pasos de ciego con un perro lazarillo que le habrían facilitado intencionalmente los sucesivos gobiernos estadounidenses. Así pues, en palabras de Héctor Illueca y Adoración Guamán acudiríamos a una “Unión Europea gobernada por la ley de la selva”. Algo similar diría Monereo cuando señalaría que “el soberano actual de la actual Europa del euro son los poderes económicos, y las constituciones de los países del sur (Grecia, Portugal, España y parcialmente Italia) han sido de facto suspendidas. Este último estaría incorporando claramente la conocida diferenciación entre centro y periferia; que los autores de Fracturas y Crisis en Europa clarificarían como pugna entre países acreedores o con superávit y países deudores o con déficit; o economías impulsadas por los salarios (wage-led) y economías impulsadas por los beneficios (profit-led).

Si hacemos caso a estos últimos, el TTIP no sería más que parte de una estrategia mundial que cuestionaría los Estados (especialmente los europeos en tanto no contamos con el sistema de checks and balances estadounidense) y que nos conduciría a un horizonte inhóspito.

Desconocemos los efectos reales que tendrá sobre nuestras vidas, y por desconocer, desconocemos hasta qué supuestos se adoptarán finalmente tras las negociaciones. Mi severidad habría sido posiblemente menor si se nos hubiese facilitado mayor información por parte de los poderes públicos. Como esta es tan pobre, mi análisis es este.

¡No al TTIP!

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