Desproporcionalidad en Ceuta

La madrugada del pasado día 6 de febrero, un grupo de inmigrantes subsaharianos formado por unas 400 personas, intentaba entrar a nado a la ciudad de Ceuta. Al parecer, lo intentaron previamente por tierra pero optaron finalmente por ese medio para burlar la valla fronteriza. En la tentativa, truncada, morirían 15 jóvenes. Desde que esto llegara a los medios (primero con un número inferior de victimas que iría acrecentándose con el paso de los días), hemos sido testigos de numerosas contradicciones y mentiras expresadas por los poderes públicos. No quedarían claros ni los hechos acaecidos ni las causas a la que se debió un número tan elevado de muertos.

Los inmigrantes, desde un principio, afirmaron que la Guardia Civil había utilizado balas de fogueo  y pelotas de goma para cercenar el asalto. Por otro lado, Francisco Antonio González Pérez, delegado del gobierno en Ceuta, desmentía esta versión y nos hablaba de barreras físicas que impedían tal actuación. Según él, los inmigrantes irían desprovistos de cualquier tipo de flotadores y afirmó que los únicos disparos que se produjeron se darían desde el suelo y al aire como medida disuasoria. En tercer lugar, el director de la Guardia Civil, Arsenio Fernández de Mesa hablaba de “violencia y agresividad descomunal” por parte de los inmigrantes, negaba que se hubiera utilizado fuego real hacia personas que pretendían “salvar sus vidas” y defendía rotundamente la actuación de la Guardia Civil, calificando de “injustas” las acusaciones. Poco después llegaría a nosotros el polémico video en el que se observan, al menos, dos disparos a los inmigrantes, uno desde la lancha y otro desde el suelo. Además vemos como los agentes no socorren a los inmigrantes que iban llegando a la arena. Algunos testigos apuntaban al uso de gases lacrimógenos. La Guardia Civil editaría y difundiría con posterioridad otro controvertido video en el que nos mostrarían a inmigrantes recogiendo piedras para lanzárselas a los agentes. El objetivo de este “film” no era otro que silenciar las críticas emitidas por algunos medios y por el conjunto de la ciudadanía, derivadas de su mala actuación. Finalmente, Jorge Fernández Díaz, a petición propia, contradeciría la versión del delegado del Gobierno y reconocería los disparos (fogueo y pelotas de goma), siempre desde el suelo, así como la utilización de  fumígenos, que según él no funcionan en el mar pero que pretendían trazar la línea imaginaria fronteriza en el agua.

Las autopsias revelan que los jóvenes inmigrantes (los que se encontraron en aguas españolas) murieron por “sumersión” o “ahogamiento derivado de la avalancha humana” y que “no tenían signos de violencia ni lesiones”, de tal modo que podemos afirmar que, al menos a estos, no les impactó ninguna pelota de goma. Las principales críticas hacia la actuación de la Guardia Civil giran en torno a esto, pues el modo mediante el cual fue dirigido el asunto, podría ser en gran medida el culpable de estas muertes. En primer lugar podríamos estar ante un delito relativo a la omisión del deber de socorro, recogido en el artículo 195 del Código Penal. Pero además, la confusión creada por los agentes habría “agotado” a los inmigrantes, que se encontraban indefensos en el agua, y que creada esta situación de pánico, y evidentemente teniendo en cuenta que muy pocos sabrían verdaderamente nadar, provocaría que terminaran precipitándose hacia el fondo y muriendo ahogados. Esta situación se podría haber evitado. Deberían haber ayudado a los inmigrantes y después seguir el protocolo, pero al parecer lo más importante era que no llegaran a suelo español. Demasiado trabajo para cuatro negros…

Por otro lado, algo muy importante y que no se debe pasar por alto, es la ocultación de las imágenes de los hechos. El asunto se ha judicializado, con lo que se dificulta la investigación parlamentaria, al no poder entregarse los videos.  Mi conclusión es que si se ocultan los hechos es debido a que más de uno tiene las manos manchadas. Ni transparencia, ni responsabilidades, ni mucho menos dimisiones en un país en el que la política da saltos hacia delante como buenamente puede, y en el que los políticos tienen puestas las orejeras como los caballos. Veremos dentro de unos meses donde queda este asunto. De momento, Bruselas nos pide explicaciones y nos habla de Derechos Humanos. Se ha ocultado la verdad, se ha construido una realidad paralela a la medida de unos cuantos, intentando que no salpicara demasiado el asunto, y en última instancia, ¡se ha mentido! Los medios de comunicación, los políticos y la ciudadanía tienen el deber de denunciarlo. “La mentira os hará libres”.

El gobierno (podemos estar tranquilos) ha afirmado que tomará medidas, ampliando el espigón marítimo fronterizo de El Tajaral. Política incremental para solucionar un asunto que no se remedia a base de hormigón, ni de vallas, ni cuchillas. No seré yo el simplista, utópico, que proclame el fin de las fronteras. Tampoco me escucharéis decir que el problema de la inmigración se soluciona abriéndolas, ¡sería absurdo!, pero desde mi humilde posición solo pido respeto por los derechos de los hombres, que se fijen protocolos de actuación y de devolución de los inmigrantes en estos casos, y que como mínimo se adecúe la actuación siempre a la proporcionalidad de la ley. El problema no es nuevo, y aun así funcionamos mediante un pacto tácito con Marruecos, muy cuestionable, en el que entregamos inmediatamente los inmigrantes a este país, pues no contamos (según cuentan algunos policías) con los medios físicos suficientes para atenderles.

Si tengo que extraer unas conclusiones diré que estamos ante un conflicto derivado de la incompetencia de nuestros poderes públicos. En segundo lugar he de hablar evidentemente de un problema de racismo, que se traduce en el trato desigual a humanos dependiendo de su procedencia. ¿Qué habría ocurrido si los 15 muertos fueran españoles? Por otro lado, y esto ya no me sorprende, estamos ante otro caso más de obediencia ciega, y de violencia por parte de las fuerzas de seguridad del Estado, que me recuerdan al experimento que Stanley Milgran elaboró para tratar de responder al hecho de que tantos millones de personas hubieran sido cómplices del Holocausto nazi. ¿Sólo cumplían órdenes?

Resulta paradójico que en un mundo globalizado, cada vez más interdependiente, en el que se proclama la unificación de los mercados, las sociedades y las culturas, en el que nos encontramos (de algún modo) regidos por el derecho internacional, sigan ocurriendo estas barbaridades. Los países ricos, lejos de poder hacerse cargo de estas personas dentro de sus fronteras, deberían abanderar la lucha por erradicar la pobreza en estos países, a base de ayudas y proyectos reales, huyendo de los abstractos Objetivos del Milenio. Me viene a la cabeza la Tasa Robin Hood. No es un problema de medios, ni de iniciativas, sino de voluntad política.

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