Del patriarca industrial al apátrida de turno

La historia de nuestros zapatos es algo más que la cronología de una serie de transformaciones técnicas en la elaboración del calzado, del artesanado y a la producción industrial. Es también el relato del carácter antropofágico del capitalismo. Es, en definitiva, el relato del capitalismo canalla de César Rendueles, de la virtud de la picardía y la ausencia del mérito. El ejemplo es, por tanto, extrapolable para explicar la deriva de la economía productiva española y valenciana desde finales del siglo XIX hasta la actualidad. Extrapolable en tanto en cuanto las transformaciones en las relaciones de producción,  en las formas de consumo y la progresiva pérdida de condiciones laborales explican las biografías de la clase obrera del Estado Español.

Para este cometido, la historia de los Segarra nos es útil. A finales del S.XIX, la presencia de cáñamo y esparto en la provincia de Alicante, sobretodo en la comarca de la Vall D’Uixò, posibilitó el desarrollo de la artesanía del calzado. Un calzado, el alicantino, que pronto serviría de protección plantar a una buena parte de la población española. Silvestre Segarra, alpargatero nacido en 1861 en el seno de una familia de agricultores, aprovechó las oportunidades formativas que le concedió su acceso al cuerpo de caballería del ejército y volvió con una idea clara; la de invertir para crecer y la de crecer para invertir -paralela a esta es la historia de Antoni Fluxà, el dueño de Camper, que vio la luz en un viaje al Reino Unido de los telares del s.XIX-. Silvestre compró una flota de carros y empezó a distribuir sus productos por toda la Península Ibérica, a la vez que aprovechaba para comprar harina con el objetivo de venderla a su vuelta a tierras valencianas. De alguna manera, de especular con el estómago de sus gentes. Las guerras carlistas (1872-1876), la campaña africana de 1893 y la Guerra de Cuba (1895-1989) fueron sendas oportunidades para ampliar el mercado para el cada vez más conocido artesano. El susodicho, cuya mayor virtud probablemente fue su falta de escrúpulos, se convirtió en empresario en 1919. Su hijo, otro Silvestre Segarra, siguió los pasos de su padre y como buen patrón apoyó al régimen franquista y convirtió su fábrica en una institución de adoctrinamiento de la cultura nacional-católica. Allí vivían, se relacionaban y producían sus trabajadores, en un ambiente de paternalismo industrial donde el control de la empresa alcanzaba el ámbito extralaboral. Hasta los setenta, la empresa que Silvestre Segarra dejó en herencia a su descendencia creció. Pero el mundo que conoció el primer Segarra era remotamente pequeño comparado con el ecosistema global del mercado mundial y el proyecto de la Unión Europea no iba a ser una barrera al libre mercado. La deslocalización destrozó la industria y los Segarra y la Vía Valenciana murieron con ello. Las pérdidas se socializaron y el Estado abonó trescientos millones de pesetas a los Segarra. Como el mismo Franco admitió apropiándose de las luchas obreras, “había dejado una clase media en España”. En definitiva, la mano de obra ya no era tan barata.

Pero el capitalismo necesita mitos para movilizar la fuerza de trabajo, y esos mitos ahora son encarnados no por el canalla de antaño que se paseaba por la fábrica a saludar a sus contemporáneos, sino por el canalla actual, el nombre invisible de los mil millones de euros. Por eso digo que el capitalismo actual es antropofágico, no porque los oficios de eixereta,  urdidor o cosidor ya no existan, pues no pretendo elaborar  ninguna oda al pasado. Del Segarra de antaño, patriarca o héroe nacional, al Stuart Weitzman actual, un americano que ha comprado la lealtad de las poblaciones locales repartiendo la calderilla de su negocio de mil cuatrocientos millones de euros (el susodicho ha sido nombrado hijo adoptivo en Elda y Alicante). Celebrities como Beyonce o Angelina Jolie ahora visten sus delicados pies con zapato manufacturado en alicante. Otro de los gigantes que ha aprovechado el declive de la industria ha sido, como no, Amancio Ortega. La firma Tempe, que produce el calzado para todas las empresas de Inditex, factura mil millones de euros anuales en el sur del País Valenciano. Y sin embargo, la literatura económica explica el repunte de este sector manufacturero con el fenómeno de los distritos industriales, en el que una gran cantidad de PYMES actúan en red e intercambian información generando sinergias (palabra que ya se usa para todo), haciendo viable el negocio. Nada más lejos de la realidad.

El sector del calzado en Alicante ha repuntado porque ha renunciado a sus raíces y a sus gentes, y ha aceptado que en el nuevo mundo se había de conformar con la subcontratación de la fase de producción, renunciando así al diseño, al márketing o la venta. Las PYMES existentes son, en su mayoría, talleres o fábricas pequeñas subcontratadas por Stuart Weitzman, Tempe u otras, las cuales por un lado imparten clases de RSC y buenas prácticas laborales en los talleres y por la otra amenazan con llevarse la producción al Este para que los trabajadores rebajen sus existencias. Así se genera el trabajo informal, flexible y mal pagado. Segarra era un hombre rico pero honesto, como afirman algunas de sus antiguas trabajadoras en el documental “La Fábrica”, que de alguna manera tenía la responsabilidad para con sus trabajadores sin renunciar, eso sí, a la usura. Pero en la actualidad la impunidad es aún mayor, y cuando la Policía Nacional irrumpe en los talleres clandestinos y cierra las puertas “para que los trabajadores no escapen”, como afirma el Jefe de Policía de la Generalitat, Stuart o Amancio solo tienen que poner cara de sorpresa y acudir a comisaria con todos los papeles en regla.

Y es curioso, porque cuando las clases menos pudientes vamos con treinta euros en el bolsillo a comprar calzado al Decathlon, pensamos de reojo en las penosas condiciones de vida de aquellos que las han fabricado. Pero no pensamos en que las elites han urbanizado su mundo, que era un mundo propio, y que quizá, en un futuro, un alemán o un americano piensen de la misma manera cuando lean made in Spain en una de sus zapatillas.

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