¡Debatid, debatid, malditos!

Ayer fue el gran día. Primer debate cara a cara entre dos de los posibles nuevos presidentes del gobierno de España en La Sexta y con Jordi Évole. No supone una sorpresa que los contendientes hayan sido los dos candidatos de los partidos emergentes. Los dos partidos dinásticos siguen estando a otra cosa, y eso de debatir en un bar y sin los temas pactados parece que les suena a ‘hipster’, una frivolidad. En definitiva, que por desgracia en este país sigue siendo noticia que dos candidatos se presten a debatir y confrontar modelos de futuro para la gestión del Estado.

No entraré en quién es el ganador y quién es el perdedor, poco importa, a mi humilde entender. Sólo diré que si fuera simpatizante de Ciudadanos estaría muy contento. Y es que ayer pudimos ver a un Albert Rivera seguro en cada una de sus intervenciones (nos gusten sus propuestas o no), con un debate muy bien preparado, sabiendo cuáles son los puntos débiles del rival y siempre llevando el tempo y la iniciativa en el debate, dejando a Iglesias un papel más a la defensiva. Aprovechando además el momento dulce tras las elecciones catalanas, Rivera muestra un liderazgo en ese reformismo que tanto propugna, en esa búsqueda de consensos y capacidad de entendimiento con las distintas fuerzas (véase Andalucía o Madrid) en pos de una regeneración amplia, lo que a efectos de los electores le sitúa en ese centro político tan codiciado.

En cambio vimos a un Pablo Iglesias, utilizando un símil futbolístico, un poco (bastante) fuera de juego. No puedes acudir a un debate (de los más esperados) contra uno de tus principales rivales, con el que realmente te juegas la hegemonía en la regeneración y en lo que se conoce como ‘nueva política’ y titubear a las primeras de cambio. El ejemplo más paradigmático se da en el momento en que, tanto Rivera como Évole, le piden que exponga medidas concretas acerca de las soluciones que propone Podemos para revertir la situación de desempleo en España. Ante una pregunta tan clara, no puedes echar balones fuera ni hablar de generalidades y lugares comunes. Mucho menos, cuando tu contrincante acabe de exponer una batería clara y con cifras encima de la mesa, discutibles o no, pero claras.

En mi opinión, coincidente con la de algunos compañeros con los que he comentado el debate, lo más importante no ha sido aquí el fondo de cada una de las propuestas, sino el modo de exponerlas, de revestirlas de verosimilitud. Esto hará que no importe que Albert Rivera, con respecto a la Sanidad Universal tenga la misma posición que Felipe González con respecto a la OTAN, es decir, de Entrada NO, o que en Madrid pacten con el PP para mantener el modelo de Televisión Pública. Aquí lo que ha valido ha sido el cómo y no el qué.

En estos dos meses de campaña electoral que quedan hasta las elecciones del 20-D, más le vale a Podemos y a su líder empezar a poner toda la carne en el asador y concretar, retratarse con todo lo que eso implica, de bueno y de malo. De lo contrario, en futuros debates, que espero que los haya, la merienda de ayer no será nada comparado con lo que le espera. Máxime cuando eres el rival más incómodo para todos, para partidos y cabeceras mediáticas pasando por poderes financieros. En definitiva, que no se puede debatir contra un tipo como Albert Rivera pensando que tienes enfrente a un/a periodista indocumentado/a como los que anteriormente se lo habían puesto tan sencillo.

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