Cuando llegué, ya habían construido pueblo

“Lo nuestro no ha sido una campaña, sino un movimiento de hombres y mujeres que aman su país” afirmó Donald Trump la noche que salió ganador de las elecciones presidenciales norteamericanas. De esta frase podemos sacar diferentes conclusiones que, en pocos párrafos, vamos a tratar de plasmar para ver de qué manera puede evolucionar el contexto político.

Crisis de representación y auge de la extrema derecha

Hannah Arendt, en su librito Sobre la violencia, habla del dominio de los Nadie como esa forma tiránica donde el gobierno no está obligado a dar cuenta de sí mismo, pues no existe nadie al que pueda preguntarse por lo que se está haciendo, siendo imposible la localización de la responsabilidad y la identificación del enemigo. La globalización, la Unión Europea o los propios partidos tradicionales en sus respectivos países han reproducido este modelo de separación entre ciudadanía e instituciones provocando, junto a la crisis económica, una crisis de representación que en muchos lugares ha sabido aprovechar la extrema derecha y con ello, la vuelta al nacionalismo más excluyente y xenófobo. Las primeras reacciones las tenemos: el Brexit, Orbán en Hungría o Trump en EEUU, por ejemplo.

Con el proyecto de la globalización cada vez más resquebrajado, algunos ya hablan de una nueva era: la era del populismo. Pero el populismo, como articulación de identidades populares, puede ir en una dirección u otra. Por la senda democrática o por la del autoritarismo.

Ernesto Laclau, en Política e ideología en la teoría marxista da una mirada al pasado y analiza el ascenso del fascismo durante el período de entreguerras. Para Laclau, éste surge por dos razones. En primer lugar por la crisis del bloque de poder, es decir, la incapacidad de absorber y neutralizar sus contradicciones con los sectores populares por los canales tradicionales y, en segundo lugar, por la crisis de la clase obrera y sectores de la izquierda por su dificultad para hegemonizar las luchas populares y articular las demandas popular-democráticas con sus objetivos de clase.

El fascismo, y el actual auge de partidos populistas reaccionarios es resultado, entre otros factores, de la misma torpeza de los partidos progresistas de presentarse como alternativa popular hegemónica, de movilizar el descontento y los grupos más golpeados por la crisis y la globalización neoliberal en clave democrática. Es por eso que estamos como señala Chantal Mouffe en un momento populista: o construyes –discursivamente- la frontera entre quienes defienden la democracia y los derechos humanos y sociales, o la construirán aquellos que quieren acabar con ésta.

Ante el auge de los partidos populistas xenófobos y autoritarios, los partidos que aspiren a revertir las políticas neoliberales y mejorar las condiciones de vida de las personas no deben caer en el mismo error que hace casi un siglo y abandonar la interpelación popular-democrática. Articular un conjunto de símbolos, valores, mitos, etc. por los que el pueblo cobre conciencia de su identidad a través de su enfrentamiento con el bloque de poder. Y en esta interpelación la identidad como pueblo, las relaciones políticas y las ideológicas deben jugar un papel mucho más fundamental que la identidad como clase. Si no lo hacemos así, lo harán los Trump y Le Pen.

Forma movimiento

Vivimos un cambio de época donde la forma tradicional de partido y de representación –entendida como la autonomización de lo político y pasivización del representado- pueden empezar a ser cosa del ayer, y de esto se da cuenta el propio Trump cuando incide en que lo que le llevó a la Casa Blanca no fue una campaña al uso, sino un movimiento. Así pues en esta encrucijada entre partidos tradicionales, partidos xenófobos y partidos populistas democráticos, estos últimos deben optar por la forma movimiento o partido-movimiento.

En palabras de Jorge Moruno, construir relaciones culturales que generen símbolos e identidades asociadas a un imaginario contrario al del orden actual. El partido-movimiento no debe ser un agente externo a la ciudadanía, sino que debe fundirse, hacerse pueblo respetando siempre la autonomía de éste, que cobre protagonismo y sea la sociedad incluso un actor que mantenga una relación de tensión con el propio partido con capacidad de desbordarlo.

Esta forma-movimiento debe tener pretensión mayoritaria, llegar a ese ‘afuera’ que todavía no confía en el proyecto popular-democrático o que no quieren actuar o colaborar dentro de una lógica tradicional militante. Para eso, el movimiento debe articular instrumentos que aseguren la apertura y flexibilidad suficiente como para que gente en esas condiciones generen una vinculación cercana y amable con la idea de construir, entre todos y todas, un nuevo modelo de sociedad.

El reto está, como señala Nico Sguiglia en su artículo Partido-movimiento y máquina de guerra en ensamblar con la máxima potencia política a la multiplicidad de actores con los que se comparte una construcción hegemónica en común. En definitiva tener vocación mayoritaria, mirada larga y plantear soluciones hacia delante, siendo capaces de desbordar a los partidos tradicionales y también a identidades ideológicas determinadas para interpelar y seducir a la sociedad en su conjunto. Sólo con proyectos ganadores, que abandonen los mensajes desde una postura defensiva y planteen un horizonte emancipador podrán plantarle cara al orden neoliberal, a la globalización y a las alternativas que ya están construyendo un pueblo xenófobo, sexista y antidemocrático.

Foto portada/ElPaísInternacional

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