Contra la política espectáculo

En estos tiempos de desasosiego continuo que nos toca vivir en relación con la política nacional, parece que una gran parte de la ciudadanía ha recuperado ese interés en la actualidad política y, quizás una cierta conciencia, en la necesidad de estar informados acerca de aquello que ocurre y dicen los distintos medios y los representantes que en los mismos aparecen. Prueba de ello es que se emiten una gran cantidad de programas con una temática claramente de perfil político y en el seno de la sociedad pocas conversaciones no acaban derivando en asuntos de la actualidad política.

Ahora bien, lo que a priori podría parecer algo positivo y altamente deseable no tiene que ser así necesariamente. Para ello considero que merece la pena analizar ciertos aspectos que se observan en dichos formatos. Cabe advertir que nos encontramos ante el peligro de que la gente se conforme con las “informaciones” y opiniones vertidas en los distintos programas televisivos o en tweets a modo de eslogan, ya que de esta modo se crean imágenes distorsionadas de la situación real de la política y un sentimiento ‘autocomplaciente’ de participación e información por parte de la gente que no es real.

Esto ocurre porque la política está siendo comercializada, vendida como si de un producto se tratase para ser consumido aquí y ahora, sin más reflexión y análisis. Las políticas de comunicación se han convertido en campañas de marketing constantes en las que no importa la veracidad del contenido sino en triturarla casi hasta hacerla papilla para hacerla fácilmente asumible para quien la escucha.

Se quieren convertir los programas de “reflexión política” en barras de bar en el que no se escucha y se está esperando a que el interlocutor acabe para soltar tu verdad. Es cierto que este comentario puede suscitar un cierto tono de clasismo y no es esa mi intención, siempre respetaré mucho más la honestidad con la que exponen sus puntos de vista los hombres y las mujeres en los bares o en las parques que dista mucho de la carga de intención manipuladora con la que se habla en programas de televisión. Y no hablo solo de periodistas o tertulianos, opinólogos todos ellos, lo más grave es la perversa actuación que realizan muchos de nuestros representantes públicos cuando acuden a programas en prime time a defender los “ideales” de sus partidos. Se trata de actuaciones basadas en el acoso y derribo al adversario, en la utilización de palabras altisonantes y términos gruesos que hacen las delicias de los distintos medios digitales que dibujan titulares que, no solo se convierten en trending topic en ese momento, sino que además, ya preparan la escaleta de los programas del día siguiente. Este es uno de los peligros de la política espectáculo que se ha instaurado en estos nuevos tiempos. El cortoplacismo, la poca densidad y la escasa profundidad en la que se abordan los temas importantes para la ciudadanía.

Acudimos a un constante aluvión de eslóganes, de significantes vacíos de contenido y en un tono ‘Salvamizado’, es decir, como decía más arriba, con una velocidad inaudita y un escaso respeto a las opiniones y puntos de vista disidentes. Simplemente se lucha por realizar la afirmación más audaz que genere ese impacto en las distintas redes sociales. Todos recordamos la ‘celebérrima’ discusión entre Pablo Iglesias y la lideresa Esperanza Aguirre en el programa La Sexta Noche marcada por esa muletilla “Repita conmigo” que ambos políticos utilizaron durante la misma, tras las acusaciones de apoyo a ETA que vertió contra el dirigente de Podemos. No cabe duda que este sería uno de los momentos con el pico de audiencia más alto del programa, ahora bien, este sainete más propio de un programa de entretenimiento ¿sirve para que la gente se forme una opinión verosímil y pueda hacerse un mapa de cómo se encuentra el conjunto de las cosas y de las distintas perspectivas defendidas por cada político/periodista?

Evidentemente no, la política espectáculo ni permite ni persigue ese objetivo. Uno de los grandes problemas de esta política espectáculo es que los interlocutores no pretenden escucharse entre ellos y, por tanto, da igual lo que el uno le diga al otro, no cambiará el discurso que lleva planificado. De esta manera no se produce una verdadera conversación y un verdadero debate. Lo único que se produce es un intercambio de golpes, de soflamas por parte de los “interlocutores”. Este hecho no sólo ocurre en las televisiones y radios sino también en los Parlamentos. Es un despropósito el hecho de que las preguntas tengan que registrarse con antelación y el diputado/a al cual va dirigida la pregunta ya tenga preparada la respuesta de antemano y sólo se limite a leer un papel. De hecho si en el momento de tomar la palabra quien pregunta decidiese cambiar la cuestión veríamos las vergüenzas de los parlamentarios que quedarían claramente en evidencia sin saber qué responder al no tener el argumentario de partido, que cada día circula vía e-mail por el secretario de organización de los distintos grupos. Es sencillamente lamentable y triste.

Para concluir, considero que los ciudadanos debemos aprender a seleccionar y cribar aquellas informaciones que pasamos a leer o escuchar, ya que de ello depende la visión y la opinión que vamos a tener y a expresar acerca de determinados temas de la política que son esenciales para entender qué está sucediendo y por qué nos lo cuentan de una determinada forma u otra. También ser conscientes de que, expresar tu opinión en 140 caracteres puede desahogarte en un momento determinado, pero no hay que confundir esta sensación con la percepción de estar influyendo en el devenir de las cosas, no podemos permitir que esto sea el nuevo “al pueblo pan y circo” que nos alejen de la realidad que importa. Eso sí, no hay que desmerecer las potencialidades que ofrecen estos nuevos medios si se usan con audacia, como este propio blog, para combatir esa política espectáculo.

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