Contra la cultura y el mito del consenso

El término ‘consenso’ goza, en la historia de los últimos 40 años de España, de un cariz cuasi mitológico, cuando menos de idealizado. Es la palabra que acompaña a aquello que se dio en llamar la ‘Cultura de la Transición’. Un atributo que glosa las bondades del proceso constituyente del 78 y de los actores que lo protagonizaron, esos ‘Padres de la Constitución’.

Hoy, cuando los cimientos de aquel mito fundante se tambalean, hay quienes echan en falta a ‘esos grandes políticos’ que hicieron posible una reconciliación para construir un futuro de concordia duradero. Al mismo tiempo, quienes expresan esta añoranza, aprovechan para cargar sus tintas contra quienes hoy ocupan los puestos relevantes de decisión. Con asiduidad se escuchan y se leen reproches sobre la falta de capacidad, de liderazgo, de preparación y de altura histórica por parte, generalmente, de provectos hombres. Muchos de ellos con pasado en el PCE y con carreras delante de los grises, o eso dicen.

Lo cierto es que ese consenso tan puesto en valor merece muchas matizaciones, críticas y, quizás, incluso habrá quien piense que una enmienda a la totalidad. Por eso, cuando se enfatiza en esa necesidad de consenso en nuestros días, hay que estar muy alerta y observar los intereses que hay detrás de este empecinamiento por el mito consensual. Porque, realmente, lo que esconden es la intención de forzar a la capitulación y a la renuncia de los de siempre. Eso es en gran medida lo que fue la Transición, la amenaza y el ruido de sables desde los cuarteles para tener que ‘aceptar’ y comulgar con ruedas de molino. Por eso, dado que el conflicto es inherente a la política, no es aceptable que el consenso sea un apriorismo. Al revés, ha de ser un punto de llegada, no de partida.

Una de las capitulaciones más grandes que hubo durante la Transición fue la de la imposición del artículo 1.3 de la Constitución, tan perfecta y orgullosamente leído por la heredera hace dos días: “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”. Si todavía hoy hay quien discute que esto fue una imposición, que visione la entrevista de Victoria Prego a Adolfo Suárez. Pero pese a ello, hay quien sigue defendiendo sin sonrojarse que esto fue “el sistema que nos dimos entre todos”. Siempre el barniz de legitimidad y aprobación conjunta a aquello que se impuso, sin más ambages.

Mientras tanto, cada propuesta de cambio y cada impugnación al pasado son tildadas de populistas, golpistas, de reapertura de heridas y un largo etcétera. Uno de los ejemplos paradigmáticos es todo lo que atañe a la memoria histórica, centrándome más en concreto, en lo relativo a la exhumación de los restos del dictador Francisco Franco del Valle de los Caídos. Sólo hay que ver cuál está siendo la postura adoptada por partidos y medios de la derecha de este país y, cómo no, la Iglesia Católica. Están removiendo Roma con Santiago para torcer la mano a una decisión aprobada en el Congreso de los Diputados, máxima representación de la soberanía popular.

La pregunta concreta para este caso es ¿cabe el consenso con quienes se niegan a dejar rendir culto a un dictador genocida en un monumento al fascismo?

Mi respuesta, y creo que la de cualquier persona comprometida con la democracia, es que no. No cabe ningún tipo de consenso que no sea el de sacar los restos del Valle de los Caídos. Y, con posterioridad, el siguiente consenso ha de ser el de poner todos los medios materiales, económicos y humanos para abrir todas las fosas en las que sigan quedando restos de asesinados durante la Guerra Civil y la dictadura.

En estos temas jamás se podrá llegar a un consenso, jamás. Y esto se debe a que venimos de una capitulación enorme disfrazada de pacto y de entendimiento, y es por ello que un gobierno y un parlamento comprometidos con la democracia y con la memoria deben actuar con dignidad y firmeza le pese a quien le pese. ¿Y qué ocurre si la familia opta por enterrarlo en La Almudena? La respuesta es sencilla: no se le permite. Se legisla lo que se tenga que legislar y se toman las medidas necesarias con respecto a la Iglesia Católica. Qué se empiece a demostrar que somos esa democracia consolidada de la que tanto se presume.

Foto portada: flickr.com

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