Compromisos incumplidos – COP 22 Marrakech

Durante este mes de noviembre, ha tenido lugar la vigésimo segunda Conferencia de las Partes en Marruecos, órgano supremo de control y evaluación respecto a la aplicación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en 1992 (CMNUCC). A través de este instrumento, los 197 países “Parte” de la Convención se reúnen anualmente con el objetivo de ratificar un acuerdo de actuación para establecer medidas y paralizar el calentamiento global y el cambio climático.
Nos enfrentamos a un fenómeno puramente artificial, cuyas consecuencias pueden ser irreversibles y nefastas si no se actúa con rapidez. De esta manera, la Conferencia celebrada trata de estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, a un nivel que impida interferencias antropógenas peligrosas en el sistema climático. En definitiva, se buscan medidas para detener el constante aumento de la temperatura global debido a los grandes niveles de emisiones de CO2 a la atmósfera terrestre.

A finales de 2015, se celebró la vigésimo primera y anterior Conferencia de las Partes. En París, se llegó a consensuar un acuerdo a aplicar de forma casi inmediata, cuyo contenido incluía el compromiso de no superar la temperatura media de la Tierra por encima de los dos grados Celsius. Fue todo un hito en la política medioambiental, dado que suponía la formalización de un pacto expreso de ámbito global. Sin embargo, este compromiso no es vinculante o preceptivo (como todos los demás en relación con materia de medio ambiente) y su ratificación e implementación todavía no se ha conseguido en la mayoría de países firmantes.

Por ello, la Conferencia de las Partes de este año en Marruecos, tenía un papel muy significante: en primer lugar, para comprobar la viabilidad de las cuestiones abordadas en la Conferencia de París y su aplicación práctica; y en segundo lugar, para continuar esta labor de protección ambiental mediante nuevas negociaciones y pactos por las élites políticas de cada Estado Parte.

Respecto al primer objetivo, la COP 22 finaliza con la incapacidad de llegar a una anuencia en la ONU que permita poner el marcha el Acuerdo de París. Este estará vigente a partir de cuándo 55 países que representen al menos, el 55% de las emisiones mundiales, hayan depositado sus instrumentos de ratificación. Detrás de todo el diagnóstico realizado por científicos, políticos, ecologistas y cientos de profesionales, no se promueven más que soluciones hipotéticas, con conocimiento de su incapacidad para ser implementadas de forma fáctica desde el principio.

A través de un laberinto de organismos europeos, líderes mundiales, acuerdos históricos, convenciones multilaterales, pactos negociados y políticas sueltas, tratan de transmitir a la sociedad una sensación de tranquilidad respecto a la cuestión. “Estamos trabajando en ello”, y así llevan más de veinte años, al frente de una lucha que otros muchos dan ya por perdida.

Ciertamente no es así y estoy segura de que todavía tenemos la capacidad de lograr la reducción de desastres y fenómenos climáticos si se implantan medidas concretas y efectivas de manera urgente. El problema es la falta de voluntad y las dilaciones, puesto que los intereses en conflicto son demasiado divergentes respecto a unos y otros colectivos.

Seamos pues sinceros y digamos que no estamos verdaderamente dispuestos a arriesgar nuestro sistema de vida capitalista y sus consiguientes ganancias económicas obtenidas a través de procesos que atañen excavaciones petrolíferas o la quema de grandes superficies arbóreas. Lógicamente, la balanza entre beneficios y pérdidas, a corto plazo se inclina hacia estas últimas. No obstante, no es el corto plazo lo que está en juego, sino el futuro próximo de nuestros hijos, nietos y el resto de habitantes del planeta Tierra.

La nueva era climática, empieza así con un aplazamiento de las medidas ya negociadas y adoptadas hasta 2018. Es decir, que a parte de la presentación ambigua de soluciones, la urgencia de la operación se pospone un año más. La desesperanza no es fruto de la inactividad política o la inacción, sino de esa falsa realidad que se nos presenta. Confirman que los actores están reunidos, que tienen soluciones y que van a aplicarlas. Pero desconocemos el cómo y el cuándo, y empezamos a llegar tarde.

Además, no deja de ser curioso que una gran parte de patrocinadores y colaboradores del evento, sean multinacionales y empresas del ámbito energético, transportes o construcción, ya que son estas esferas las que más han empeorado el panorama medioambiental. No digo que su presencia no sea necesaria, ya que ellos, consecuentemente, serán las que tengan que reformular sus modelos de negocio y las que más restricciones deban hacer respecto a sus emisiones. Pero, me parece que ello implica que estos poderes económicos tengan cierta capacidad de influencia en organismos de carácter político y decisional.

En conclusión, la COP 22 de Marrakech nos ha revelado una vez más la imposibilidad de llevar a cabo, en el ámbito global, una serie de pautas y recomendaciones en el proceso de lucha contra el cambio climático. A pesar de que la idea es clara, y al menos se reconoce la existencia del problema ecológico, se impide su consecución de forma unánime debido a la conjunción de intereses contrapuestos en la pluralidad de las partes. La Declaración de Marrakech, con la que finaliza el encuentro, sigue llena de formalismos y verbos en condicional en lugar de imperativos, y destaca la dificultad de establecer planes de financiación.

La parte positiva es la aceptación de que el cambio estructural de modelo económico-climático es ineludible y que incluso actores que no son Parte, quieren actuar y rectificar. Si de algo sirven estas negociaciones, es para extender el mensaje y concienciar al público en general de las consecuencias catastróficas de la falta de acción.

Esperemos que la COP 23, que se celebrará a finales de 2017 en Bonn, cambie de aires y materialice estas declaraciones de intereses fehacientemente, dadas las repercusiones sociales, ecológicas, ambientales y económicas que el cambio climático tendrá.

Foto portada/unfccc.int

12482896_10206555402858521_564068288_oPor Marta Mansanet Cánovas (Alcoy, 1993), graduada en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Valencia. Comprometida con la naturaleza y el medio ambiente, plenamente volcada en el estudio de medidas, estrategias y aspectos legales relacionados con la sostenibilidad y el ecologismo. Aspiro a vivir y en un mundo mejor.

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