¿Comercio ecológico o ecologismo comercial?

Desde que Ignacy Sachs propuso el término “ecodesarrollo” en la década de los setenta, este término ha sido saqueado de significado. Como pasa con muchos términos, como el propio concepto de democracia -que para una gran parte de la población es percibido como aquello de poder votar cada cuatro años-, el desarrollo sostenible ha servido como “un término mediador diseñado para tender un puente sobre el golfo que separa a los desarrollistas de los ambientalistas”, como afirma O’Riordan. Para explicar esa afirmación basta con darse una vuelta por las calles de cualquier ciudad en la actualidad e interpretar aquello que vemos de manera crítica, siendo radicales a la hora de hacer uso del término sostenibilidad.

Desde que las herboristerias Julián Navarro dejasen a un lado su papel como herboristerías, son muchas las nuevas tiendas que se dedican a la venta de productos sostenibles y saludables para la vida como ellos publicitan, así, en abstracto. Se ha multiplicado la venta de los conocidos de forma genérica como productos verdes, siendo esta la palabra marco que sirve para definir un conjunto de caracterizaciones etimológicamente desacertadas y muy distintas, en realidad, entre ellas. Los productos ecológicos, estos sí adaptados a una normativa -que criticaremos más adelante- conviven con productos “biológicos”, “bio” y “orgánicos” y, cada vez más a menudo, con otros bienes caracterizados como “caseros”, “artesanales” o “rústicos”. El desvarío es cada vez mayor. Existen dos grandes falacias de base; la primera, es que denominar biológicos u orgánicos a los productos orgánicos es una tautología de la que se pretende sacar ventaja y, por tanto, una estafa. La segunda deviene del discurso cosmopolita que presenta a la naturaleza y el mundo rural, siempre manteniendo la distancia, como algo intrínsecamente sostenible. Cabe decir que algunas formas de riego, el uso del carbón o la agricultura de corta y quema son prácticas tradicionales que precisamente no respetan el medio ambiente.

En el otro estante están los productos ecológicos. Estos sí, pasan por un proceso de análisis en base a unos reglamentos establecidos y unos determinados procesos de estandarización (eso de las ISO’s). Desde el Ángel Azul alemán, la primera de las normativas ecológicas en Europa hasta la famosa Ecolabel europea, son muchas las entidades y las burocracias que se han puesto al servicio de la creación de un comercio distinto que, no obstante, se derrumba si aplicamos, como ya hemos dicho, la lente escrupulosa de la sostenibilidad ambiental. Si bien estas normativas obligan al análisis de productos, procesos o empresas mediante herramientas como el Ánalisis del Ciclo de Vida (ACV) o los Sistemas de Gestion Ambiental (SGA), siempre ignoran ese pequeño detalle del transporte, más cuando se trata de trayectos intercontinentales. El Reglamento (CE) nº 537/2009 describe los pobres requisitos que median la importación de productos agrarios ecológicos cultivados en terceros países como India, Costa Rica o Túnez.

En relación a esto último, es digno de mencionar como la liberalización del comercio rompe las barreras necesarias para asegurar la comercialización de un producto que como el ecológico, ya ha encontrado su nicho de mercado. En ese sentido, la relación asimétrica entre productores y consumidores también se evidencia en el sector agroecológico, donde enormes plantaciones de maíz o de soja conviven con regímenes de subsistencia que alimentan, a penas, a las familias que trabajan en ellos. Y en el otro hemisferio, los consumidores. De los 46.000 millones de euros desembolsados por los consumidores en este tipo de productos, 40.000 provienen de los bolsillos de estadounidenses, europeos y japoneses. Y claro, como las dinámicas de merchandising de este ámbito son idénticas a las malas prácticas del fetichismo de mercado -engañar antes de educar, vamos-, pues solo quedan dos opciones, o competir con el precio o competir con el diseño. Evidentemente, teniendo en cuenta que las empresas que trabajan el sector agroecológico están tan interesadas en mantener los mayores beneficios posibles de su negocio, no queda otra que competir con el diseño, algo que confirma que lo ecológico, más que un criterio, es una marca. Por eso los lobbies empresariales han incidido tanto en tener participación y mando en otras estandarizaciones como FSC (Forest Stewardship Council) o MSC (Marine Stewardship Council), creada por la World Wide Fundation y… Unilever (uno de los mayores clusters empresariales de distribución de bienes de consumo a gran escala). No podían dejar escapar la oportunidad de participar en un mercado emergente que cada vez mueve un volumen mayor de negocios.

Y por fin, en el último escalón, las grandes distribuidoras de productos verdes. En Valencia brotan como las malas hierbas -un poco lo que son-. Ecorganic, con dos tiendas en la capital, Supersano o Mandala Fresh (con un establecimiento de 1500 m2) ofrecen a los valencianos y valencianas la posibilidad primero de autodiagnosticarse males a través de los artículos de opinión de blogs pseudocientíficos y de ser asesorados por especialistas en la materia como lo son los cajeros/as de dichas tiendas. Y lo digo sin faltar, pero en honor a la verdad. Allí se venden productos de todo tipo, los mal conocidos como ecológicos, pero también los bio, artesanos, etc. Y no le hacen asco a nada. Si el arroz viene de Vietnam, pues bien, y si resulta que el tomate en lugar de Almería viene de Marruecos, porque les pagan aún peor y salen más baratos, pues también. Tampoco importa demasiado que el paquete de chicles de tofu cueste cinco euros, o diez el envase de cien gramos de algas. Lo importante es el aspecto austero, las letras modelo rústico y los olores a incienso que se desprenden de todos los mejunjes allí presentes.

Pero no podemos quedarnos con esta idea catastrofista y cruzar los brazos. Existen precedentes judiciales que han detectado y denunciado la estafa, como la multa que recibió Peugeot por publicidad engañosa detectada en uno de sus anuncios, o el supuesto zumo de naranja ecológica de Don Simón. Por suerte, también nacen otras iniciativas interesantes que sí se plantean la sostenibilidad como filosofía de praxis en su actividad económica. El comercio de proximidad -o kilómetro cero- y las cooperativas de consumo y distribución donde se detallan tanto el orígen como las prácticas son pequeños brotes pioneros, estos sí buenos para el ecosistema en general, que alumbran un poco el triste escenario del comercio ecológico. Eso sí, que no pase como en aquel caso de Donostia donde en un cartel escrito a tiza -artesanalmente vamos-  se ofrecían “naranjas recientemente recogidas del árbol, provinentes de Xàtiva, a dos euros el kilo”. Y no critico lo de los dos euros. Si en el País Vasco quieren comer naranja valenciana pues tendrán que pagarle al camionero. Vamos, digo yo.

Ya lo dijo Einstein: “No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”.

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2 Responses

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  1. pau
    May 05, 2015 - 11:25 PM

    Hola Manel

    En la meua humil opinio pense que estas generalitzan i critican un tema en el que no estas molt clavat, si vols tomaques tot el any no tens mes remei que cultivarles en el sud d’espanya, els consumidors tambe tenen que ser exigents i llegir l’etiqueta dels productes i si no volen productes importats que no els compren! Les etiquetes no enganyen a ningu. El arroç o almenys la beguda d’arroç que venen en ecorganic es d l’albufera, els olis tambe son valencians al igual que molts mes productes aixo si els platans per desgracia son de canaries…. es lo que te que en valencia no tingam un clima tropical. La agricultura ecologica no es perfecta, ni molt menys! Pero es prou millor que la convencional. Per altra banda m’alegre que parles dels productes km 0 i dels grups de consum.

    Ah i si tens curiositat per aprendre la cultura de la agricultura ecologica pasat un día per Carricola.

    Salutacions.

    Pau

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  2. Manel Bernete
    May 06, 2015 - 02:48 PM

    Hola Pau
    Entenc i comparteixc part del que dius. Jo no he criticat l’agricultura ecològica com a praxis de produir i consumir de forma distinta, sinò el mal ús de les etiquetes i les categories que és fà per una part important dels comerços ecològics. En eixe aspecte, crec que m’has malinterpretat, perquè jo en cap moment he obert el debat de l’agricultura ecològica vs la convencional o la integrada, si no el disseny del mercat a nivell europeu , amb la crítica al sistema d’estandaritzacions i al reglament d’agricultura ecològica (que l’he llegit i és no poc, sino molt deficient) i a les formes finals de comercialització. En aquest cas, sols s’ha de pegar un ull al Manual que va dissenyar l’administració estatal al seu moment per focalitzar el màrketing del comerç ecològic, que és quasi idèntic que el que es faria per a tot tipus de comerç (ordre d’estanteries, subjectivitat del consumidor davant el status i el prestigi del producte, etc.). No obstant, crec que això no és tant important.
    Per altra banda, que a Ecorgànic hi hagen productes com l’arròs o la beguda d’arròs o els olis valencians no significa que no comercialitzen unes altres marques de grans distribuïdores que s’aprofiten de eixa desinformació com son Natursoy, Pan Do Mar, Pesa Sur, Bio Moments… o similars. També en Ecorganic venen productes com Adelgazante Brasandi que s’aprofiten de l’ambigüitat a l’hora de parlar de productes saludables…sobre bases poc científiques. De totes maneres, torne a repetir, la qüestió no passava per centrar-se en alguns productes més coherents, sino en un anàlisis de la situació general, com tu has dit. El que sí volia criticar és que cada vegada més s’apropem al model dels EEUU, on grans superifcies com WallMart ja fabriquen les seues pròpies de línies de marca blanca ecològica que, per cert, competixen en preu en el reste de productes (cosa que me fa sospitar) i que venem a les tendes bio o ecològiques ací a Espanya – informació de l’oficina de comerç exterior-. I no val que la informació aparega, sinò com funciona l’aparell mediatic en general. Tots sabem que certs productes convencionals no són bons per a la salut i no per això deixem de comprarlos.
    També he fet una crítica al comerç ecològic exterior. Fa menys de mig any les diferents parts de la UE acordaren redactar una nova legislació cap a la liberalització de bens i serveis beneficiosos per al medi ambient, quelcom que em recorda i es relaciona prou amb això del TTIP. A més, no té sentit parlar de productes ecològics els que fan trajectes intercontinentals com Costa Rica o Túnez, menys tenint en compte que els tercers que fan les auditories (segons el grau d’etiquetat) són en molts casos empreses privades amb pressions d’interesos de pel mig. I en el context global de canvi climàtic, i en concret en el nostre context mediterrani, especialment vulnerable, cada vegada més ens haurem de plantejar si és possible pagar un preu per un abastiment global (productes de paísos tropicals, com tú has dit) o si haurem de readaptar-nos al nostre medi inmediat i les seues capacacitats, és a dir, relocalitzar la producció tant al seu medi climàtic com als grups de consumidors. Per altra banda, plantes com l’arròs o la tomaca són cultius d’origen tropical o subtropical que encara que ja estan adaptades, requerixen d’una artificialització del medi (és a dir, un aport extern d’aigua al que donen les precipitacions naturals). Això no vol dir que siguen insostenibles, però vamos, alguns centres de producció com el mar de plàstic d’Almeria depenen d’un sistema d’aqüifers i d’una bassa artificial, la Bassa del Sapo, que estan en perill de contaminació i de reducció del freàtic.
    És possible que hagués sigut millor donar més pes a les alternatives que si funcionen i els casos de bones pràctiques que existeixen, com alguns que tú has dit, però crec que a l’hora d’escriure, més sobre un tema del que des de un àmbit està molt idolatrat, és necessari ser contundent amb els arguments en contra.
    Siga com siga, gràcies per el teu temps tant per llegir com per contestar, crec que a tots ens és útil.
    Manel

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