Clase obrera no, democracia y plurinacionalidad

Comentaba en artículos anteriores, parafraseando a autoras como Rancière, Mouffe o Laclau, que todos los grandes momentos revolucionarios de la era contemporánea adoptaron la forma de momentos populistas de ruptura. En síntesis, se trata de que sólo es posible la radical subversión de los consensos sociales que legitiman un sistema político (y también, con ello, la radical renovación de las élites que lo dominan) cuando se crea un poder constituyente que se erige en voz de todo el pueblo e hila las demandas no asumibles por el statu quo en un relato coherente, radical y renovador, la impugnación a todo lo viejo y la proposición de una nueva forma de regular la convivencia de toda la sociedad. Una revolución es, en términos políticos, la derogación de un contrato social que ya no es capaz de dar respuesta adecuadamente a las peticiones de la ciudadanía, y su sustitución por uno nuevo, en un proceso que trae también adjunto un nuevo paquete de consensos, mitos y discursos a través de los cuales el pueblo interpreta su propia realidad social y la dota de sentido. Así pasó en Francia en 1789, en Rusia en 1917 y en Alemania en 1933. Ejemplifico con estos tres casos, tan diferentes y tan parecidos, para señalar lo que ya parece una aclaración obligada cuando tratamos estos asuntos: el populismo es un concepto formal y no material, simplemente describe una lógica de articulación política, esto es, de aglutinación de masas, pero no una ideología, no un programa político concreto. La articulación populista puede utilizarse para llevar a cabo un programa liberal, un programa bolchevique o un programa nacionalsocialista. En todos estos casos pueden cumplirse las condiciones de un momento populista exitoso, aunque resulte evidente que las consecuencias políticas de situar como enemigo del pueblo a la burguesía no arroja los mismos resultados que hacerlo con los judíos.

Hemos dicho que los momentos de grandes rupturas implican siempre la elaboración y extensión de un relato que hila todas las demandas no atendidas por un sistema político. Esta conexión entre demandas atribuye a una élite política desgajada del pueblo y con agenda propia (los absolutistas, la burguesía, los judíos, la casta…) la incapacidad del sistema para dar respuesta satisfactoria a las necesidades del pueblo. Así, el discurso populista explica que todos los dolores sociales ante los que la élite culpable es indiferente son muchas caras de un mismo problema: la falta de un gobierno del pueblo. Está de más decir que la propia sustancia del “pueblo” varía en función del relato: la ciudadanía, la clase obrera, la raza aria, etc. Formalmente, no obstante, las categorías son comunes a todos los procesos revolucionarios.

Respecto a las demandas creo importante señalar lo contingente de su unión discursiva. No me refiero sólo a que a partir de un número concreto de demandas sociales, combinándose en un sentido o en otro, pueden justificarse programas políticos muy diferentes (es el ejemplo del nazismo, que asumiendo demandas obreristas compartidas con el marxismo edificó una dictadura totalitaria), sino también a que no existe una realidad objetiva y material de la que emanen naturalmente discursos prefabricados, algo tradicionalmente defendido por el marxismo economicista. No hay esencias naturales esperando ser descubiertas a través de un discurso que las refleje, sino que la “demanda fundamental” que abarca a todas las demás (la abolición de privilegios feudales, todo el poder para los sóviets, la inclusión de los indígenas en el poder, o la que sea) es fundamental no por estar de acuerdo a unas leyes de la historia inmutables y definidas a priori, sino por evidenciar la incapacidad del sistema vigente, en un momento de la historia concreto, para seguir gestionando eficientemente la convivencia social y por ser capaz de vincularse discursivamente con facilidad a las otras demandas insatisfechas corporativas.

Bajando a la realidad española actual, existen varias demandas insatisfechas ya presentes en el relato de Podemos y recogidas, como ya comenté en este artículo, fundamentalmente desde el 15M y las Mareas. Cabe preguntarse cuál es la demanda principal capaz de poner en un aprieto insalvable al sistema político del 78, cuál será el eje discursivo con el que se librará la batalla cultural por la hegemonía contra las fuerzas conservadoras. Pienso que esta pregunta pone en evidencia las limitaciones de algunas interpretaciones clásicas del marxismo que contestarían sin dudas que la contradicción de clase es siempre la contradicción fundamental, y que no es posible la política revolucionaria sin poner la emancipación de la clase trabajadora de la esclavitud asalariada como demanda nodriza. Yo creo que es tan abrumadora la derrota en ese marco discursivo, tan contundente la destrucción cultural de la clase obrera como sujeto colectivo, que cualquier intento de identificarse con él le pone en bandeja al adversario la posibilidad de situarnos en posiciones marginales. Es cierto que la contradicción de clase se manifiesta en algunas demandas incluidas en el discurso de Podemos, como el drama de los desahucios o la lucha por la mejora de las condiciones laborales, pero si estas demandas operan en el relato de la formación morada es precisamente porque asumen una identidad sectorial, económico-corporativa, no pretenden universalizarse sino funcionar como columnas de apoyo para el resto del discurso. Debemos preguntarnos, además, hasta qué punto las fuerzas conservadoras no podrían asimilar fácilmente un discurso centrado en la cuestión de clase: la élite económica y política tienen margen material para aumentar la capacidad de consumo de las masas y desactivar un movimiento popular que fundamente su fuerza en la masa heterogénea que ha perdido poder adquisitivo, asumiendo que ésta no es ya un ejército industrial de apretadores de tuercas, sino un magma de asalariados con identidades diversas. La crisis económica y el reparto consiguiente de miseria es un trasfondo ideal para la movilización de los subalternos, pero creo que el eje principal de un discurso rupturista tiene que enarbolar una demanda inasumible por el sistema y volverla hegemónica. En nuestro caso, opino que dos demandas cumplen tales condiciones: la regeneración democrática y la plurinacionalidad.

La regeneración democrática, asumida en los términos planteados por Podemos, ataca puntos esenciales del régimen del 78. No sólo crea estímulos para la irrupción política de una sociedad civil que nos es potencialmente más cercana y afín que a los poderosos (y en ese sentido, iniciativas como la Morada o Jóvenes en Pie se vuelven vitales para un proyecto regenerador), sino que también compromete el matrimonio entre una élite política cuya credibilidad se vería en peligro ante un régimen estricto de accountability y una élite económica que más allá del bipartidismo no tiene nada más que un partido liberal fallido. El carácter hegemónico vigente de la reivindicación democrática y la habilidad de la formación morada para abanderarla la convierten en una demanda atractiva y viable para liderar un proceso rupturista.

No obstante, creo que los hechos de los últimos meses demuestran que de todas las heridas del régimen, la que más duele a la élite es la cuestión nacional. Ni siquiera partidos con margen previo para moverse relativamente cómodos en esa brecha están dispuestos a ceder ante la victoria indiscutible de Podemos en todos los territorios con conciencia nacional: el PSOE, de hecho, ha preferido la pasokización en Cataluña antes que aceptar un referéndum que el unionismo ganaría casi con certeza. Eso es, en términos políticos, miedo a la posibilidad remota de una transformación profunda del modelo territorial. Intuyo que esto no ocurre por miedo al federalismo, que desde la Transición sale con letra más grande o más pequeña en los programas socialistas, sino porque comprenden perfectamente que a través del discurso de la plurinacionalidad pueden abanderarse muchas otras demandas, en tanto que sólo es posible resolver el asunto haciendo una revisión profunda y de calado de la Constitución Española. Una vez abierta esa caja de Pandora, la posibilidad de cuestionar otros elementos estructurales del sistema queda abierta, y eso les produce pavor. En tanto que podría suponer la superación más elegante y completa (política, social, jurídica, cultural…) del régimen del 78, entiendo que la interiorización de la plurinacionalidad como la nueva base de un patriotismo español es la opción ganadora.

Un apunte final: exceptuando a los trasnochados que se despiertan entre sudores fríos creyendo que están en la Sierra Maestra, los rupturistas sabemos que la forma que adoptará el cambio de régimen en España será un proceso constituyente. Es el único final imaginable para una caída definitiva e irreversible de los consensos del 78. Abriría, además, la posibilidad de sembrar todo un nuevo imaginario, un patriotismo constitucional similar al que intentó construirse durante la Transición y fracasó, en mi opinión, porque los pueblos sólo se identifican con sus leyes fundamentales cuando participan en su redacción. La Constitución, desde Estados Unidos hasta hoy, sólo es Constitución de verdad cuando los padres de la Patria firman un contrato ya rubricado por el pueblo en un largo proceso de identificación y conformación soberana.

Ignacio Lezica Cabrera (Montevideo, 1992), estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad de Valencia. Uruguayo resignificado en español. Convencido de que la mejor literatura es la política, ese relato sin fin que cuando interpreta la realidad social con buen sentido se convierte en poder para los de abajo. Audentes fortuna iuvat.

Foto portada/grandesbatallas.es

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2 Responses

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  1. F. Z
    Sep 29, 2016 - 01:23 AM

    Buenas noches.
    En primer lugar , un breve apunte entorno a la cuestión comentada sobre procesos de ruptura. Primero que todo habría que distinguir lo que es ruptura – entendida como proceso de transformación social- y lo que no, siendo éste un concepto que denota transformación socio-económico encuadrar en tu ejemplo el proceso alemán de 1933 es un tanto desacertado. Esta anotación no la digo por otra cosa sino porque en otra ocasión vuelves a encajar en el concepto de ruptura un proceso que dista de estarlo. Cuando presentas “la regeneración democrática y la plurinacionalidad” como condiciones con las que cumple vuestro discurso en el intento de ser hegemónico y ‘rupturista’, caes en el mismo error, en mi consideración, que con el caso anterior. Así como el auge del nazismo no supuso en ningún caso un proceso revolucionario y por tanto de ruptura, sino todo lo contrario, la reproducción y conservación del capitalismo como reacción frente al débil movimiento obrero alemán – débil entre otras cosas por la hegemonía dentro del mismo del reformismo-, el proceso de Podemos, lejos de ocupar el espectro ideológico que ocupó el nazismo en los años 30, termina cumpliendo su misma función y no es otra que la reforma de aspectos parciales del capitalismo, presentando distintas soluciones que terminan convergiendo en un mismo objetivo ideológico, la conservación del modelo socio-económico vigente. Siendo en el caso de podemos con el intento de enmiendar los males del capitalismo que forman parte del mismo de forma intrínseca.

    Podemos no va a suponer la superación del capitalismo y actualmente no existe otro proceso que lo implique que se encaje dentro de lo que se pueda considerar como revolucionario. Esto no creo que haga falta que lo comente, es algo que tiene muy claro la cúpula de Podemos y creer lo contrario es vivir en un mundo de fantasía. Por otra parte, es significativo como reniegas sin complejos de todo análisis de clases. Está claro como la lucha política del partido no es para nada la del proletariado, sino por el contrario se observa como en este subordinan los intereses del mismo a favor de la aristocracia obrera y pequeñaburguesía, liquidando toda lucha politica -entendida como emancipación del proletariado y verdadera ruptura- por luchas económicas que se solapan a las de dichas clases sociales. Prueba de ello es como en vuestro discurso los intereses económicos los pequeños comercios, autonomos, funcionarios y demás intereses de estas clases son defendidos, pero las luchas políticas del proletariado son abandonadas y hasta en muchas ocasiones desprestigiadas de la forma má repugnable. Queda clara la posición en la lucha de clases de dicho partido y esta no está en otro lugar, sino en la lucha pequeñoburguesa frente al gran capital. Luego, en cuanto a vuestro análisis trasversal de la cuestión de la estratificación social, estoy de acuerdo en la necesidad de actualizar los análisis clásicos para que den mejor respuesta a la nueva realidad social. En concreto y de forma muy mediocre, diría que en la actualidad se dan unas relaciones de producción mucho más heterogéneas y que no se puede hablar de solo dos clases sociales, ni que el proletariado sea la clase principal. Es un tema complejo, en el que influyen factores como el desarrollo de las fuerzas productivas, externalización de la producción, imperialismo o aspectos sociales, del que podríamos estar discutiendo horas. Sin embargo, considero que es indiscutible que la base del análisis materialista de clases, en el que se entiende la relación de producción como una relación de explotación -por la apropiación de un excedente de fuerza de trabajo- es innegable, tanto como negar que ha dejado de existir el trabajo asalariado. Y respecto a esta cuestión – y a esto es a lo que viene todo mi parrafada- gira entorno la distinción entre el eje de lo que se considera revolucionario y lo que no, el marxismo no es una cosmovisión revolucionaria por posicionarse a favor o en contra de los intereses del proletariado, lo es por ver en el al sujeto encargado de la emancipación de la humanidad. Y por tanto, podemos no es ni será revolucionario.

    Por ultimo, en cuanto al tema del populismo podríamos estar de acuerdo en como la revolución rusa se podría encajar dentro del paradigma de las revoluciones espontáneas y por tanto recurrente al populismo, pero por no ser esta resultado de un salto cualitativo en la conciencia de las masas – con la integración de la conciencia revolucionaria (marxismo) en el sujeto transformador (proletariado)- sino por la coyuntura concreta rusa. Es justamente, a partir de la última revolución burguesa donde toda revolución deja de ser revolucionaria en cuanto no es consciente, dado que el salto a un nuevo estado cualitativo de la realidad social tiene como condición necesaria que la transformación de la realidad se de a partir de un cambio en la consciencia, donde ser y conciencia forman una unidad dialéctica, siendo condición necesaria por ejemplo para la superación de la división social del trabajo y condición esta a la vez necesaria para superación de la sociedad clases.

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  2. F. Z
    Sep 29, 2016 - 01:24 AM

    Buenas noches.
    En primer lugar , un breve apunte entorno a la cuestión comentada sobre procesos de ruptura. Primero que todo habría que distinguir lo que es ruptura – entendida como proceso de transformación social- y lo que no, siendo éste un concepto que denota transformación socio-económico encuadrar en tu ejemplo el proceso alemán de 1933 es un tanto desacertado. Esta anotación no la digo por otra cosa sino porque en otra ocasión vuelves a encajar en el concepto de ruptura un proceso que dista de estarlo. Cuando presentas “la regeneración democrática y la plurinacionalidad” como condiciones con las que cumple vuestro discurso en el intento de ser hegemónico y ‘rupturista’, caes en el mismo error, en mi consideración, que con el caso anterior. Así como el auge del nazismo no supuso en ningún caso un proceso revolucionario y por tanto de ruptura, sino todo lo contrario, la reproducción y conservación del capitalismo como reacción frente al débil movimiento obrero alemán – débil entre otras cosas por la hegemonía dentro del mismo del reformismo-, el proceso de Podemos, lejos de ocupar el espectro ideológico que ocupó el nazismo en los años 30, termina cumpliendo su misma función y no es otra que la reforma de aspectos parciales del capitalismo, presentando distintas soluciones que terminan convergiendo en un mismo objetivo ideológico, la conservación del modelo socio-económico vigente. Siendo en el caso de podemos con el intento de enmiendar los males del capitalismo que forman parte del mismo de forma intrínseca.

    Podemos no va a suponer la superación del capitalismo y actualmente no existe otro proceso que lo implique que se encaje dentro de lo que se pueda considerar como revolucionario. Esto no creo que haga falta que lo comente, es algo que tiene muy claro la cúpula de Podemos y creer lo contrario es vivir en un mundo de fantasía. Por otra parte, es significativo como reniegas sin complejos de todo análisis de clases. Está claro como la lucha política del partido no es para nada la del proletariado, sino por el contrario se observa como en este subordinan los intereses del mismo a favor de la aristocracia obrera y pequeñaburguesía, liquidando toda lucha politica -entendida como emancipación del proletariado y verdadera ruptura- por luchas económicas que se solapan a las de dichas clases sociales. Prueba de ello es como en vuestro discurso los intereses económicos los pequeños comercios, autonomos, funcionarios y demás intereses de estas clases son defendidos, pero las luchas políticas del proletariado son abandonadas y hasta en muchas ocasiones desprestigiadas de la forma má repugnable. Queda clara la posición en la lucha de clases de dicho partido y esta no está en otro lugar, sino en la lucha pequeñoburguesa frente al gran capital. Luego, en cuanto a vuestro análisis trasversal de la cuestión de la estratificación social, estoy de acuerdo en la necesidad de actualizar los análisis clásicos para que den mejor respuesta a la nueva realidad social. En concreto y de forma muy mediocre, diría que en la actualidad se dan unas relaciones de producción mucho más heterogéneas y que no se puede hablar de solo dos clases sociales, ni que el proletariado sea la clase principal. Es un tema complejo, en el que influyen factores como el desarrollo de las fuerzas productivas, externalización de la producción, imperialismo o aspectos sociales, del que podríamos estar discutiendo horas. Sin embargo, considero que es indiscutible que la base del análisis materialista de clases, en el que se entiende la relación de producción como una relación de explotación -por la apropiación de un excedente de fuerza de trabajo- es innegable, tanto como negar que ha dejado de existir el trabajo asalariado. Y respecto a esta cuestión – y a esto es a lo que viene todo mi parrafada- gira entorno la distinción entre el eje de lo que se considera revolucionario y lo que no, el marxismo no es una cosmovisión revolucionaria por posicionarse a favor o en contra de los intereses del proletariado, lo es por ver en el al sujeto encargado de la emancipación de la humanidad. Y por tanto, podemos no es ni será revolucionario.

    Por ultimo, en cuanto al tema del populismo podríamos estar de acuerdo en como la revolución rusa se podría encajar dentro del paradigma de las revoluciones espontáneas y por tanto recurrente al populismo, pero por no ser esta resultado de un salto cualitativo en la conciencia de las masas – con la integración de la conciencia revolucionaria (marxismo) en el sujeto transformador (proletariado)- sino por la coyuntura concreta rusa. Es justamente, a partir de la última revolución burguesa donde toda revolución deja de ser revolucionaria en cuanto no es consciente, dado que el salto a un nuevo estado cualitativo de la realidad social tiene como condición necesaria que la transformación de la realidad se de a partir de un cambio en la consciencia, donde ser y conciencia forman una unidad dialéctica, siendo condición necesaria por ejemplo para la superación de la división social del trabajo y condición esta a la vez necesaria para superación de la sociedad clases.

    Un saludo.

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