Catalunya: de la sólida ley a la líquida realidad

En un alarde de originalidad y creatividad hoy escribo sobre Catalunya, con la intención de compilar y dar un cierto orden a muchas de las ideas que he ido almacenando en mi cabeza fruto de conversaciones, lecturas y de la observación del comportamiento que los distintos actores implicados están interpretando.

Al escribir este artículo me resulta obligatorio estar con un ojo en el propio texto que redacto y, con el otro, atento a la evolución de los acontecimientos. Todo se precipita con demasiada velocidad. Lo cual dificulta realizar reflexiones sosegadas y de mirada larga. Intentaré hacerlo aunque no prometo conseguirlo.

La mirada desde la que proyecto mi pensamiento es clara: la de un NO independentista que cree en el derecho a decidir del pueblo de Catalunya. Un referéndum vinculante, por supuesto, sin injerencias internas ni externas. Tampoco creo que sea para tanto. Eso sí, un referéndum en el que se haya presentado, previamente, un proyecto alternativo que vaya más allá de la negación del diálogo y de la negociación de un nuevo marco territorial vigente.

A estas alturas habrá ya quien haya pensado: “Otro podemita con su cuento de las garantías y la construcción de mayorías alternativas”.

Pese a que, en principio, ese sería el escenario ideal, no soy optimista a este respecto. Al menos no a corto o medio plazo. Y aquí es donde radica el problema principal, que no es otro que el de la existencia de una cultura política con poco arraigo democrático, más allá de los mecanismos de la democracia procedimental. Sólo así se entiende que un partido como el PP siga obteniendo hoy 8 millones de votos. Hasta que una mayoría social no aprehenda (no confundir con aprenda) que quienes se financian ilegalmente, quienes usan policías políticas para crear informes falsos y conspirar contra la oposición, están inhabilitados ética y democráticamente para dirigir el timón de un país, sintiéndolo mucho, tampoco seremos merecedores de una alternativa mejor.

En las últimas semanas, el marco del debate, pese a que algunos quieran situarlo en otro lugar, ya no es el de referéndum sí o referéndum no. La deriva represiva del Estado comandado por el PP, con la aquiescencia y apoyo incondicional de C’s y el silencio cómplice del ‘nuevo PSOE’ han sido el marco de referencia que mejor explica la situación.

Lo único que están demostrando es que tienen ese control inmenso de los aparatos del Estado. Pero únicamente reflejan ser un gigante con pies de barro. Podrán emplear la fuerza y la represión, llamar a declarar a alcaldes o detener a cargos públicos imputándoles delitos que pueden acarrear penas de cárcel.

También pueden, a la vista de lo que está sucediendo, pisotear Derechos Fundamentales como el de reunión o información, algo que espero les acabe pasando la factura que merecen. Ahora bien, lo único que están consiguiendo, haya referéndum o no y sea cual sea el resultado, es que un porcentaje inmenso de la población de Catalunya desconecte definitivamente y que, aquellos que todavía creen en vías intermedias, cada vez lo vean más improbable. En definitiva, eso sí que está rompiendo España, y no querer votar. Ante estos actos autoritarios, independentistas o no, quienes se crean un poco lo que es la democracia, debemos estar unidos en la denuncia. Porque aquí sí que no valen medias tintas. No hay excusas de garantías que valgan.

El bloque (mal llamado) ‘Constitucionalista’ sigue enrocado en el monotema discursivo de la legalidad. Como si la ley fuese un tótem situado en un altar que sólo puede ser movido por la llamada de los dioses. Frente a ese bloque sólido e inmovilista la realidad catalana fluye y se adapta como un líquido al recipiente que lo contiene. Porque, pese a lo que muchos sigan manteniendo, este movimiento no es del “3% de los Pujol” como se encargan de decir continuamente. Cuando un 80% de un territorio no está satisfecho con el modelo vigente, pese a que haya partidos que remen a favor de corriente y profesen la fe del converso.

El PP está siguiendo su hoja de ruta de toda la vida. Cuando está en el gobierno su relación con la oposición dista de ser la de democracias de calidad con un alto grado de respeto en la confrontación con grandes dosis de deliberación. No, cuando ostentan el ejecutivo su actitud es la siguiente: o adhesión o criminalización.

La adhesión la tienen garantizada con C’s, con el PSOE sucede lo que escribió hace meses Enric Juliana: “algunos garrotazos de día; algunos acuerdos estratégico de noche”. La criminalización es el plato que se sirve a todo aquel que discrepe con el mensaje único.

Para contrarrestar su acción han de hacer ver que la sociedad catalana está resquebrajada y la violencia está en auge. Cosa que se ha demostrado falsa en cada convocatoria multitudinaria celebrada durante este último lustro.

Utilizar la humillación, interviniendo las cuentas, pretendiendo controlar a los Mossos d’Esquadra. No es nada nuevo ya lo hicieron con el recurso de inconstitucionalidad presentado contra el Estatut, generando unos porcentajes de independentismo sin precedentes. Sólo deseo, que estos irresponsables antidemocráticos lo paguen claro en las urnas. Que lo que supone el régimen del ’78 quiebre. Esa quiebra, a la que tanto temen y que no es una salida hacia el caos, debe ser el fin de unas élites anquilosadas en la cúspide. Que no tengan más remedio que abrir un debate que construya unos nuevos consensos (como punto de llegada y no como punto de partida), desde abajo y sin tutelas ni ruido de sables. Tienen tanto temor a un proceso como este porque, con mucha probabilidad, sea la patada en el culo definitiva que les señale la salida. Por eso utilizan el miedo, porque han perdido la batalla política y saben que no tienen una alternativa democrática aglutinadora. Y no sólo para Catalunya, tampoco para el resto del Estado.

Dicho esto, tampoco quiero acabar sin realizar una crítica a la narrativa independentista, a sabiendas que tiene múltiples matices y aristas que los distinguen. Pese a ello, considero que hay elementos de crítica que incumben a todo el espectro.

Me parece hipócrita e incoherente ampararse o querer revestir de legalidad este proceso y teniendo poco respeto por los debates parlamentarios y la voz de la oposición. Saben de sobra que, en el actual marco legal español, no tiene cabida ni vinculación jurídica alguna el resultado que salga del 1 de octubre. A mi entender hubiera sido mucho más honesto reconocer que optan por la desobediencia, a las claras. Hacer énfasis en la legitimidad y no en la legalidad, en definitiva. Eso sí, y hay que reconocérselo, quienes están poniendo su nombre en este proceso saben que, al día siguiente, se les estará abriendo un procedimiento de inhabilitación, como poco.

Por último y para concluir, no me resisto a hacer una crítica a quienes están poniéndose de perfil en esta situación. Muchos sectores progresistas callados, escondidos, no saliéndose del guion por las críticas que puedan caerles. Básicamente porque la actuación del Estado sienta un mal precedente para casos futuros. Lo digo como valenciano, agraviado por un sistema de financiación injusto. No me gustaría que por defender la equidad algún día podamos recibir el “correctivo aleccionador” del Estado. En ese momento no esperemos la solidaridad de nadie.

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