El carácter revolucionario del 15M

La ponencia de Pablo Iglesias en la presentación del libro de Fernández Liria, En defensa del populismo, además de resultar célebre por el revuelo mediático en torno al mercenarismo de Álvaro Carvajal, ha sido también un llamamiento a la reflexión sobre la democracia muy adecuado para estas fechas, las del quinto aniversario del 15M. Pablo viene a decir en su presentación que no se entiende sólo el éxito de Podemos apelando a la teoría de Laclau como artefacto mágico o a un liderazgo carismático aupado por los medios. Todo eso sin duda tuvo influencia, pero es la centralidad que ocupa la democracia como idea-fuerza tras el 15M lo que permite a Podemos, desde un discurso democrático que utiliza significantes elevados a la hegemonía tras la irrupción de los Indignados, articular demandas que desbordan lo procedimental (asamblearismo y democracia directa) y permiten colocar en la agenda pública la democracia sustantiva, cargada de contenido programático: democracia no es sólo participar más, algo que sin duda es importante para evitar el divorcio entre la élite política y el pueblo al que representa, sino también garantizar que serán protegidos los intereses de la mayoría social frente a una minoría enriquecida y poderosa. Dicho en otras palabras: el espíritu de regeneración democrática del 15M (necesario y positivo) es aprovechado como marco por Podemos para impulsar demandas de tipo económico-social: desahucios, defensa de lo público, denuncia de la venta de la soberanía a los alemanes, etc.

Cabe puntualizar dos cosas; primero, asumiendo como viles liberales que podemos separar ambos términos, las demandas mayoritarias del 15M eran de tipo democrático pero no social, es decir, se reivindicaba la implantación de mecanismos participativos que permitieran la irrupción del pueblo en la toma de decisiones políticas, pero sin defender un programa concreto. Esto se expresó en sus días diciendo que el 15M era apolítico, algo que a los marxistas por aquel entonces nos daba alergia escuchar. La segunda puntualización se deriva de la primera; efectivamente, desde el 15M hasta ahora se produce una articulación de demandas democráticas con demandas económico-sociales, hasta tal punto que hoy en día hablar de la necesidad de echar al bipartidismo conecta inmediatamente en lo discursivo con la detención de un desahucio o la lucha para evitar la privatización de la sanidad. Esa conexión de demandas, como señalan los teóricos populistas, nunca es necesaria sino contingente: ahí tenemos a Albert Rivera defendiendo medidas de regeneración democrática que podría firmar un indignado del 15M pero defendiendo también un programa económico neoliberal. El proceso de articulación de las demandas del 15M con las demandas de los movimientos sociales, que hoy en día se presentan como un bloque natural, no son el producto de la mente iluminada de los de la Complutense, sino el resultado del trabajo duro de todos aquellos que se echaron a la calle en ese espacio temporal entre el 15M y Podemos: la PAH, las mareas, las marchas de la dignidad, etc. Podemos recoge la elaboración discursiva previamente gestada en la calle y construye un movimiento político que busca convertir en decisión política institucional lo que antes era una demanda popular desatendida. Esto, por cierto, también tiene su mérito y toca reconocerlo.

Como comentaba en mi artículo anterior, la izquierda no comprendió el 15M, y atacó su carácter democrático con una línea argumental heredada de la Guerra Fría: que la defensa de la democracia liberal es la defensa de un sistema que oculta hipócritamente el dominio de la burguesía, que la reivindicación pertinente no es la democracia representativa, sino la dictadura del proletariado, y que el ciudadanismo del 15M no apuntaba hacia el sujeto colectivo destinado a liderar la revolución por las leyes de la historia, es decir, el proletariado. Valorar si tal línea discursiva fue o no acertada para batirse contra el mundo capitalista en la segunda mitad del siglo XX comprendería decenas de trabajos de investigación mucho más extensos y densos que este artículo. No obstante, quiero señalar algo obvio pero difícil de aceptar para muchos: el momento político al que apelaba el discurso marxista enfadado con el 15M murió a finales de 1991. El marxismo, tal como yo entiendo la famosa dialéctica entre teoría y praxis, no es el análisis de la realidad práctica a posteriori de unas categorías metafísicas inmutables e indiferentes al momento histórico (fuerzas productivas, relaciones de producción, proletariado, burguesía…). El marxismo para mí es el estudio de la situación histórica concreta para repensar y reelaborar constantemente un corpus teórico desde el que luego se vuelve a leer la realidad material, en un círculo interminable de perfeccionamiento y ajuste. No estamos siendo marxistas si pretendemos leer lo que ocurre usando lentes de hace décadas, sino que se trata de reajustar las dioptrías hasta encontrar las gafas que nos permitan ver con claridad la situación de nuestro pueblo.

Dicho esto, se concluye que, si bien puede que el discurso democrático de defensa de las instituciones liberales operara a favor de los intereses de las élites cuando el muro de Berlín aún estaba en pie, hoy en día es posible utilizar tal relato para justificar la subversión de los de abajo contra los de arriba. Esto es así porque ante unos mismos hechos pueden elaborarse miles de discursos con efectos diversos (hasta antagónicos) sobre las relaciones sociales de poder. Hoy en día, en la España de 2016, Podemos está resignificando en un sentido popular herramientas discursivas originalmente creadas para justificar el dominio burgués sobre toda la sociedad. Así, la defensa de la soberanía nacional, que hace doscientos años sirvió para legitimar un parlamento de notables frente a la corona, hoy en día puede hacer referencia a la prevalencia de los intereses de la mayoría frente a los de minorías poderosas no electas democráticamente. La separación de poderes, que la intelectualidad ilustrada concibió como una forma de enfrentarse a la monarquía absoluta, hoy puede ser apelada para señalar la injusta complicidad entre grandes empresarios y la élite política. Finalmente, la democracia liberal y sus instituciones, que históricamente han operado como el legitimador supremo de un orden social que perpetúa la desigualdad, hoy pueden defenderse desde abajo para reivindicar la igualdad material de la sociedad como requisito indispensable para que los valores supremos plasmados en la Constitución y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos sean algo más que enunciados formales en un papel.

Desaprovechar esa brecha cultural en la hegemonía de las élites es una irresponsabilidad histórica. Sabemos que la comodidad está en los discursos clásicos, pero la lucha política por el sentido común de nuestra época es una disputa sin fin que obliga a la transformación constante de los relatos con los que legitimamos nuestro proyecto. Alcanzar mayores cotas de libertad e igualdad para nuestro pueblo sólo es posible trabajando con conceptos que ya forman parte de lo mayoritariamente aceptado, y cargándolos de un significado favorable a lo que queremos construir. En definitiva, entrar en una fiesta de polacos y enfadarte porque no eres el centro de atención hablando en castellano es de cretinos. Los marxistas de verdad, en lugar de enfadarnos, iríamos corriendo a la biblioteca a por un manual de polaco.

Ignacio Lezica Cabrera (Montevideo, 1992), estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad de Valencia. Uruguayo resignificado en español. Convencido de que la mejor literatura es la política, ese relato sin fin que cuando interpreta la realidad social con buen sentido se convierte en poder para los de abajo. Audentes fortuna iuvat.

Foto portada: Plaza del Sol. Fuente: pagina24.com.mx

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