Cambio, ¿qué cambio?

En este país, los conceptos tienen un significado y un sesgo según quién y para qué los emplee. Un concepto muy manido en estas últimas semanas es el de cambio. En las rondas de negociaciones para la investidura de Pedro Sánchez, y las posteriores ruedas de prensa dadas por los distintos portavoces de los partidos, se está poniendo de manifiesto esto que señalo.

La primera propuesta de gobierno que se hizo, la realizada por Podemos en la que se proponía una coalición entre PSOE-Podemos-IU/UP, recibió precisamente esta denominación: “Gobierno de cambio”. No parece descabellado colegir que aquí el término cambio sería sustituible por izquierda. Pero, evidentemente, Podemos no iba a bautizar una propuesta suya con ese término que han desterrado de su vocabulario en su estrategia comunicativa.

Por otro lado, el PSOE, cerraba ayer mismo un pacto con C’s en el que se comprometen a llevar a cabo 5 medidas. También el PSOE ha bautizado como cambio esta posibilidad. Esto es lo que decía Pedro Sánchez en un tweet: “Cuando hay voluntad de cambio, hay voluntad de acuerdo. Si estas son las propuestas para el acuerdo, decimos sí.”

PSOE apela a que Podemos se sume, con su abstención o con su apoyo, a este pacto. Por tanto, el cambio aquí se entiende como la intención de dejar fuera al PP. Eso sí, sin tener en cuenta que tanto Podemos como Ciudadanos ya han dejado claro que ambos son incompatibles y, a este dato, hay que añadir que Ciudadanos pretende con insistencia que el PP participe del acuerdo.

En vista de lo ocurrido estos últimos días, lo que mi olfato me sugiere es que el PSOE ha apostado su estrategia a unas nuevas elecciones y paso a explicarme. Pactando con C’s, Sánchez cuenta con el NO rotundo de Podemos y, previsiblemente, también con el de Compromís e IU/UP. En esta línea, el voto de Podemos en la sesión de investidura iría en la misma línea que el PP, como así han señalado Óscar López (el sábado en La Sexta Noche) y Antonio Hernando (tras la reunión del lunes). De este modo, parece que desde el PSOE consideran que Podemos quedaría como el culpable del fracaso en la formación de un gobierno de cambio (en los términos que los del puño y la rosa lo conciben).

Claro, resulta paradójico que el PSOE plantee esta hipótesis cuando de lo que sí hay hechos fehacientes es de acuerdos, totalmente legítimos y democráticos por supuesto, entre ellos y el PP. Sin ir más lejos en el reparto de los puestos en la Mesa del Congreso, en la distribución (después rectificada) de los grupos en el Parlamento o el ya nombrado artículo 135 de la Carta Magna.

En este sentido parece que la voluntad de pacto es nula. Eso sí, si Pedro Sánchez tuviese la habilidad para que algunas de las otras fuerzas a su izquierda (Compromís o IU/UP) le diesen su apoyo, tendrían un argumento perfecto para presionar a Podemos. En esta línea puede que fuese el ofrecimiento que le hicieron a Alberto Garzón de un puesto en el gobierno en las primeras rondas de contacto.

Además, si el tiempo sigue corriendo y, finalmente, no se consigue la formación de un gobierno y, por ende, hay que convocar de nuevo elecciones, Sánchez se aseguraría prácticamente ser de nuevo el candidato a la presidencia y probablemente reelegido como Secretario General de su partido. Ya que desde sus filas ya no se le concibe como ese corderito al que sería fácil degollarlo. De hecho, Felipe González ha recomendado a Susana Díaz que no dé el paso para liderar el partido.

Pero esta estrategia es un arma de doble filo. Si los partidos a la izquierda del PSOE consiguen mantenerse cohesionados y formar alianzas para unas nuevas elecciones, en aras de no verse tan perjudicados por el sistema electoral, la opción del sorpasso podría darse. Entonces el PSOE sí que se encontraría en una espinosa situación de debilidad, debería afrontar con toda seguridad un relevo en el liderazgo y quizá otros fuesen más propensos a facilitar un gobierno (por activa o por pasiva) de la fuerza más votada.

Tampoco debemos dejar de lado que en una situación nueva como la que vivimos, muchos votantes sintiesen decepción por la falta de capacidad para llegar a soluciones que pongan en marcha el sistema. Esto puede traducirse en varios comportamientos: aumento de la abstención, regreso del voto desde partidos nuevos hacia fuerzas tradicionales por percibir que no han contribuido a solucionar la situación y un largo etcétera.

Y por último, no hay que olvidar el desgaste que está sufriendo el Partido Popular desde que se celebraron las elecciones con la corrupción. No hay día en que no nos desayunemos con un nuevo caso, ya sea en Madrid o en Valencia. Mientras tanto, las voces ‘jóvenes’, que no renovadoras, como Andrea Levy, Maíllo, Pablo Casado o Javier Maroto se siguen ‘quemando’ en las ruedas de prensa defendiendo lo indefendible. Quizás, algún día, alguien en el PP se decida a dar un puñetazo en la mesa y alzar la voz contra este vodevil de indecencia y corrupción. Pero sólo quizás.

Foto principal: Youtube.com

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