Apuntes sobre el fascismo (I)

Decía hace unos días Iñaki Gabilondo en una entrevista televisiva de máxima audiencia que “la gente que es capaz de llamar fascista a Joan Manuel Serrat es gilipollas”. No quiero entrar en el debate de si son o no gilipollas pero me gustaría clarificar, aunque sea brevemente, de qué estamos hablando cuando hablamos de fascismo. Para ello recurriré a estudiosos de la ciencia política y de la sociología e intentaré elaborar una breve síntesis al respecto. Escribiré dos artículos que en su conjunto forman uno. Pretendo así facilitar al lector la comprensión de conceptos que, aunque he intentado presentar de forma más o menos sintética y de fácil comprensión, pueden resultar algo tediosos si no se tiene un interés especial por la materia.

Lo primero que cabe señalar es que fascismo, en singular, fue el nombre que se dio a un régimen muy concreto, el establecido por Benito Mussolini en la Italia de entreguerras. En un plano académico el término usado en plural adquiere un uso muy extenso. Carlos Taibo señala que, no estando exento de discusiones, fascismo es usado para hablar de una multitud de regímenes no democráticos de derechas, aun cuando entre ellos presentan multitud de diferencias. Según el mismo autor este hecho se debe en gran parte a que la palabra “fascismo”, en contraposición con lo que ocurre con vocablos como liberalismo, socialismo o comunismo, no aporta ninguna idea relativa a su sentido político. El término en sí nos dice más bien poco. Además habla de un plano temporal, y señala que la brevedad de estos regímenes dificultó su consolidación y el posterior análisis por parte de los estudiosos. Dentro de esta visión se suele señalar a la Italia de Mussolini y a la Alemania de Hitler como los ejemplos más claros, acabados, de los fascismos.

Para George H. Sabine las filosofías del fascismo eran mosaicos de viejos prejuicios sin veracidad ni coherencia para apelar no a propósitos comunes sino a miedos y odios comunes. En el caso concreto de Mussolini habla de una “filosofía” puramente sintética adoptada en 1929 cuando éste decidió que fascismo debía dotarse de un cuerpo doctrinario. El trabajo lo llevaría a cabo el filósofo oficial del régimen, por encargo, y con un plazo de absoluta brevedad, dos meses, tantos como quedaban para que se celebrara el Congreso Nacional.

Sirva esto de introducción, conviene que nos detengamos en la síntesis realizada magistralmente por Norberto Bobbio en su ensayo La ideología del Fascismo, publicada originalmente en italiano para Quaderno della Federazione italiana delle associazioni partigiane el año 1975.

Lo primero que destaca el autor es que hablamos de un movimiento que más que anti-ideológico, como quiso presentarse, es portador de una ideología negativa o destructiva en la que destacan más los odios que los amores, y en el que abundan más las negaciones que las afirmaciones. Recordemos que Mussolini habló del fascismo como un “antipartido”. El blanco en el que se concentran todas esas ideas es sin ningún tipo de dudas la democracia. Hablamos de antidemocratismo más que de antisocialismo. Menos aún de antimarxismo como señalan algunos autores. Esto tiene una explicación relativamente sencilla que deriva del hecho de que la corriente predominante socialista de la época defendía la transformación de la sociedad de forma gradual a través de los mecanismos constitucionales del Estado democrático. Cuando se ataca al socialismo la crítica no se desliga por lo tanto de la crítica de la democracia. Se percibe el socialismo como una consecuencia directa de la democracia, el oscuro lugar al que esta fórmula “degenerada” conduce. Con esto, mientras que la crítica a la democracia es una crítica directa, la crítica al socialismo es de carácter indirecto. El antagonista por excelencia no es otro que el suizo francófono Jean-Jacques Rousseau, que se convertiría en la época en una especie de chivo expiatorio de la literatura antidemocrática. Dentro de esta crítica había un consenso absoluto en su repulsa al filósofo. Antirousseanianos serán no solo fascistas, sino autores italianos de prestigio como Mosca y Pareto.

La crítica reaccionaria se aborda desde distintas perspectivas:

En primer lugar cabe hablar de una crítica filosófica. Hablamos de antiiluminismo y de antipositivismo. Una parte de la interpretación conservadora de Hegel y la otra del irracionalismo. Esta última tiene su matriz en Nietzsche. Ambas, de las que a su vez derivan distintas concepciones, repudian el espíritu democrático del igualitarismo, entendiendo que los hombres son evidentemente desiguales.

En segundo lugar, desde la perspectiva histórica, se liga el advenimiento de la democracia a la Revolución Francesa. Dentro de esta crítica hay una parte que entiende que el error radica en el hecho de que la burguesía perdió el sentido de la grandeza de su misión histórica y que se entregó al tráfico, al dinero, e instaló un régimen vulgar y corrupto, la “plutocracia”. Así pues se acercaba la era de las revoluciones nacionales que debían poner el acento en la autoridad y no en la libertad como se había hecho hasta el momento. Se necesitaban nuevas aristocracias, más Estado y menos derechos individuales. Para otros La Revolución Francesa era directamente un error que jamás debería haberse producido, y que rompía con una tradición gloriosa. Para éstos, la revolución había abierto la puerta a un periodo de vergonzosa decadencia de la civilización europea. La solución no era otra que la vuelta al pasado glorioso, haciendo tabula rasa del desastroso y vergonzante siglo XIX. Tienen por lo tanto una concepción de la historia como retroceso, de esta concepción de la historia será de la que surge el racismo. La democracia con su “furia niveladora”, con su confusión del bajo y el alto, con sus supersticiones internacionalistas kantianas favorece el avance de los inferiores y amenaza con llevar a la ruina a una raza de dominadores.

En tercer lugar en el plano ético hablarán de una “masa” mediocre que desespiritualiza todo aquello que toca. El “pueblo”, al que se le otorga un papel relevante como sujeto histórico en la democracia, no es otra cosa que el “vulgo”, el “populacho”, la “chusma”, la “plebe”. Este se opone además a la virtud de la guerra. Los valores de la guerra, el coraje, la temeridad, la audacia, son para ellos los verdaderos valores positivos. Esto nos lleva de nuevo a Nietzsche. Con el antidemocratismo irá pues de la mano el antipacifismo, de ahí su oposición a los Congresos de la Haya y la Sociedad de Naciones.

En cuarto lugar, desde la lógica científica es inevitable hablar de Gaetano Mosca y su teoría de la “clase política” o de la “minoría organizada” y de Pareto, quien con su “teoría de las élites” y de su inevitable circulación, demostraría (o creería demostrar) que no importa el tipo de régimen, el poder siempre queda en manos de unos pocos, de tal modo que todo régimen es por definición oligárquico.

En quinto lugar en un plano político observamos críticas al propio sistema político al que la democracia da origen. La democracia, con su atomismo individualista, destruye el sentido del Estado como unidad orgánica. Otra vez, democracia como inversión de todas las certezas sobre las cuales repara el orden político, la democracia se identifica con la anarquía. En el plano interno se critica al Parlamento. Democracia como demagogia (recordemos, forma desviada para Aristóteles). En el plano exterior se ataca el principio democrático en las relaciones entre estados. El fascismo cree en la guerra y en la violencia a la hora de organizar sus relaciones internacionales. El fascismo es expansionista e imperialista y centra su atención más en la política exterior que en la interior.

En último lugar, en el plano económico no articulan una crítica reaccionaria puramente económica. Para ellos prima la política. La economía ha de estar pues subyugada a los intereses de la política, y por tanto al Estado. Se asocia la democracia y el economicismo con la decadencia, esto es con la plutocracia o el gobierno de los ricos. En términos de clase el fascismo es una coalición heterogénea. Presentan una concepción interclasista de la sociedad en la que la Nación prima sobre la clase y que aspira a superar la lucha de clases.

Estos son sólo algunos apuntes que espero hayan servido al lector para tener un esquema, más o menos básico, sobre el fascismo. No olvidemos que, aunque los autores que he elegido gocen de gran prestigio académico, podemos encontrar análisis que contradigan lo aquí expresado, aunque hasta donde yo he leído existe bastante consenso sobre las afirmaciones realizadas. En un próximo artículo hablaré de los intelectuales y de las divisiones dentro de la ideología fascista.

Foto portada/italiaenguerra.blogspot.com

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