A propósito de “Crist i ciment”

En homenaje a Marcos Ana; luchador incansable y ejemplo de dignidad. Que la tierra te sea leve, compañero.

El pasado mes de junio, la Escuela Municipal de Artes Escénicas de La Pobla de Vallbona estrenaba “Delicades”, un texto de Alfredo Sanzol dirigido por Alejandro Tortajada. El hecho que la trae hoy a debate aparece pocos días antes del estreno, cuando se sugiere que una parte del público, probablemente la más conservadora, podría incomodarse con algunas de las escenas representadas, poniendo especial énfasis en “crist i ciment” –escena  que, sin embargo, pudo ver la luz.

Llegados a este punto, me resulta imprescindible aclarar que la escena en cuestión no pretende hacer apología de una falsa equidistancia en torno a la Guerra Civil, pues, nada más lejos de la realidad, toma una historia particular circunscrita en ese contexto, la de la familia del dramaturgo, y la retrata en toda su cotidianeidad, entrelazando así lo ordinario y lo extraordinario de la España de los años treinta en un marco reconocible para todos los espectadores. Propongo, ante tales hechos, una reflexión que, dejando a un lado las más que sugerentes cuestiones en torno a la autocensura, pueda responder hasta qué punto podría importar que un grupo de teatro amateur tratase en una obra con proyección local un tema sobre el que se ha hablado y escrito y estudiado y debatido en infinidad de medios y ocasiones.

Decía Jesús Ibáñez, remitiéndose a los planteamientos de Lyotard, que existen dos formas de hacer Historia: una, la historia en su tratamiento clásico; la historia como narración de hechos pasados de los que se extrae conocimiento, anulando, así, todo su potencial; una historia que cierra heridas. Otra, la historia aún por inventar, que potencie la fuerza de los hechos y que abra heridas, pues solo de desde esta posición, solo afirmando nuestros dolores, afirmando aquello que fue, y aquello que pudo ser, es posible la reconciliación.

Plantearé, por tanto, una posibilidad de existencia de este segundo modo de abordar la historia, que divido en dos partes, tratando en la primera la forma y, en la segunda, el contenido.

El arte como vehículo portador de memoria de los acontecimientos.

Esta forma no-existente de historia bien podría ser recogida por dos tipos de actividades: la artística –del artista– y la política –del político. Enfrentándolas, tomo en consideración tres dimensiones. 1) El arte se configura como un lenguaje con potencialidad de pregunta –subversivo en términos de Ibáñez–, mientras que la política cuenta con potencialidad de respuesta –una respuesta que puede ser conversa si se manifiesta a favor de la norma establecida o perversa si lo hace en contra, pero en cualquier caso la formulación de la pregunta no entra en sus oportunidades de acción; 2) La actividad artística es esencialmente creativa –del latín creare: engendrar, hacer existir algo que no existe–, si bien la política lo es directiva –del latín rege: regir, al que se le añade el prefijo di: di-rege: ordenar, de manera que las posibilidades de acción se limitan a decidir o configurar la disposición de unos elementos ya existentes; 3) El arte orienta su acción hacia el interior al tiempo que la política lo hace hacia el exterior.

La capacidad de hacer doler se la podemos atribuir más genuinamente al arte; desde la música hasta la arquitectura, pasando por la pintura, el teatro o la literatura, encontramos en todas ellas un hilo conductor, que no es sino la expresión de subjetividades en tanto que producciones simbólico-emocionales de las experiencias vividas (en primera o tercera persona) –las cuales son colectivas pero vividas psicológicamente como individuales, de manera que cobran un sentido diferente para quienes las comparten– y que definen, según Therborn, una forma de ser-en-el-mundo del hombre en cuanto sujeto consciente.

De esta manera, recupero las palabras que pronunciaba Alejandro Tortajada antes del estreno de su obra “Trilogia sense primavera” (obra con un tono equiparable al de “Delicades”): “al final totes les famílies i totes les històries es semblen. Esta és la meua família, la meua història. Desitge que la feu vostra”. Resume, esto, la capacidad que tiene el arte de conectar configuraciones subjetivas y que resulta inédita en cualquier otra disciplina, pues es en esta donde se hace más evidente la indivisibilidad existente entre subjetividad social y subjetividad individual; tal capacidad viene determinada por el efecto paraguas de los hechos que se expresan, en tanto en cuanto permiten la identificación de cada uno de los espectadores (individualmente) como participantes de un hecho colectivo. Así pues, la identificación no se da tanto con el sentido subjetivo –singular del artista– como sí por la experiencia vivida –y compartida.

La memoria de los acontecimientos como vía hacia la recuperación emancipadora de la historia.

Lo expuesto hasta ahora nos señala con luces de emergencia una posibilidad de lo que podría ser la “historia por inventar” a la que se refiere Ibáñez: en una síntesis entre lo afectivo/emotivo, el recuerdo de un pasado colectivo vivido como individual (memoria) y la construcción como ejercicio académico de lo que ya no existe pero deja huella, integrado en un conjunto explicativo (historia), apuntamos a la memoria histórica como candidata a ocupar ese espacio vacío imaginado por el sociólogo. Memoria histórica como productora de subjetividades, capaz de tocar heridas y hacerlas doler; como única vía para la reconciliación.

Diré más, sin embargo; pues la fuerza emancipadora de la memoria histórica reside en su capacidad para generar resistencias, esto es, extender la resonancia de los acontecimientos con poder simbólico más allá de su tiempo y de su espacio, acontecimientos que desbloquean barreras cognitivas y desbordan los cauces del conflicto tal y como venía siendo diseñado, de manera que pueden repolitizar y producir nuevos sentidos y subjetividades –por inclusión en clave democrática-popular– que, en última instancia, den lugar a nuevas luchas. En palabras de Óscar Useche, la “micropolítica de los acontecimientos” genera espacios resignificados que posibilitan la reconfiguración de las las nociones de ciudadanía y democracia: surgen y circulan formas de poder constituyente.

Únicamente existe futuro desde la memoria; como expresa Alfredo Sanzol en “Delicades”, “no pots oblidar d’on venen els teus avis, i els teus besavis i els teus pares. Les coses no surten del no-res. (…) Tot el que tinc és ací. Cèntim a cèntim. Perquè en gaudeixin els meus fills i els meus néts. No hi ha satisfacció més gran que poder deixar alguna cosa després del que hem passat. Què sigui més fàcil per a ells. No demano res més. Què sigui més fàcil per a ells”.

Foto portada/Eva Gomis

Ibáñez, J. (1997): A contracorriente. España: Fundamentos.

Piedrahita, C., Díaz, A., Vommaro, P. (Comp.) (2012): Subjetividades políticas: desafíos y debates latinoamericanos. Colombia: Biblioteca Latinoamericana de Subjetividades Políticas.

Sanzol, A. (2011): Delicades. España: Edicions 62.

Therborn, G. (1980): La ideología del poder y el poder de la ideología. España: Siglo veintiuno.

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